La Cuna de la Civilización

La Escritura nació en Cantabria, más de 30.000 años ANTES que en Mesopotamia

Jorge Mª Ribero-Meneses

La primera palabra conocida, grabada sobre piedra en la Cueva del Castillo, tiene 38.500 años de antigüedad

La cuna de la Civilización

No por azar ni por casualidad, el foco desde el cual se produce la proyección del lenguaje humano, coincide puntualmente con la región en la que se gesta el arte paleolítico y la arquitectura megalítica. O, lo que es lo mismo, las primeras manifestaciones culturales de la Humanidad. Con el valor añadido de que es en ese mismo espacio geográfico del planeta, donde se produce la aparición -probada, documentada e indiscutible- de los primeros seres humanos neta e incontestablemente racionales o sapiens (figs. 17 a 19).

¿No es de la más aplastante coherencia que la cuna del lenguaje coincida exactamente con la región en la que se gesta la pintura, la escultura, la arquitectura y, por consiguiente, la cultura y la civilización humanas?

¿No es abrumadoramente evidente que si la pintura, la escultura y la arquitectura comparten una misma cuna, sea ésta a su vez la que viera nacer las restantes manifestaciones culturales humanas, imposibles de documentar hoy por el hecho de que no fueran plasmadas sobre materiales imperecederos como la piedra?

¿No cae por su propio peso que fueron aquellos mismos pueblos del Norte de España y del Sur de Francia que acuñaron sobre piedra las primeras manifestaciones culturales que nos son conocidas, quienes crearon la Música, la Tragedia o la Poesía? ¿O es acaso concebible que quienes pintaron Altamira o Lascaux no poseyeran el nivel intelectual y artístico necesario como para componer melodías o poemas que, sin la menor duda, estarían a la altura de las magistrales composiciones pictóricas que nos han legado?

Y si el más elemental sentido común nos enseña que los hombres del Paleolítico Superior poseían ya un lenguaje cuyo nivel de desarrollo era, como mínimo, similar al de sus creaciones artísticas, ¿no resulta meridianamente obvio que la matriz del habla humana tiene que hallarse -necesariamente- en la misma región en la que -por espacio de decenas de miles de años- se desarrollara la más antigua civilización conocida, al tiempo que -con abismal diferencia respecto a las demás- la más longeva?

Por otra parte y no existiendo indicios en ningún otro lugar del mundo, de una cultura que hubiera podido servir de modelo a la gestada por los cromagnones cantábricos y galos, ¿no tenemos elementos de juicio más que suficientes para deducir el carácter autóctono de estos pueblos y, por consiguiente, de la lengua por ellos creada?

Y si es manifiestamente obvio que la primera cultura de la Tierra -o, lo que es lo mismo, la primera Civilización digna de tal nombre- se fragua a orillas del litoral Cantábrico ibérico y en la región gala que se extiende entre el río Dordoña y el macizo de los Pirineos, ¿quién podrá rebatir con argumentos científicos de una mínima entidad que el lenguaje humano nació exactamente en el mismo punto en donde se forjan el Arte y la Cultura humanas?

¿No es una verdad indiscutible que la evolución intelectual del ser humano ha seguido un proceso paralelo al de la evolución del lenguaje con el que construía y expresaba sus ideas? ¿Y no es igualmente incontrovertible que el artista que pintó los bisontes de Altamira, tenía que poseer -inexcusablemente- un alto grado de desarrollo intelectual? De donde se deduce que si, efectivamente, poseía ese elevado coeficiente intelectual, tenía que poseer, a la fuerza, un lenguaje altamente evolucionado. Porque resulta risible y al propio tiempo patética, las ideas que las nefastas películas sobre la Prehistoria han imbuido a la sociedad, respecto al salvajismo y brutalidad de los hombres y mujeres que vivieron en las cuevas del Norte de España y del Sur de Francia, poniendo los cimientos de la civilización de la que, todavía hoy, somos hijos y beneficiarios.

Las investigaciones sobre los orígenes del lenguaje, que vengo desarrollando desde el año 1984, han corroborado abrumadoramente todos estos extremos que acabo de dejar expuestos, pudiendo demostrarse, inapelablemente, que la Lengua Baska que todavía se habla en el Norte de España y en el Sur de Francia es, con enorme diferencia, la que más fiel se ha mantenido al lenguaje de las gentes que protagonizaron el alumbramiento de la cultura universal en ese mismo ámbito geográfico. Y esto es perfectamente constatable hoy, tanto merced al estudio de dicha lengua como ahondando en el estudio de los nombres geográficos del área cantábricogala o galocantábrica.

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