Los ‘descubridores’ de Europa

La Escritura nació en Cantabria, más de 30.000 años ANTES que en Mesopotamia

Jorge Mª Ribero-Meneses

La primera palabra conocida, grabada sobre piedra en la Cueva del Castillo, tiene 38.500 años de antigüedad

Los “descubridores” de Europa. (Historia del descubrimiento de la escritura).

1. Introducción.

2. La senda hacia el descubrimiento del origen del habla.

3. Antecedentes en el descubrimiento de la escritura.

a. Julio Cejador.

b. Waldemar Fenn.

c. El origen cantábrico de la palabra escritura.

d. Los verdaderos padres de Europa.

1. Introducción.

Con la publicación de esta revista y todos los descubrimientos que contiene -jamás intuidos, siquiera- en relación con el origen de la escritura, se abre una nueva era para los estudios filológicos y arqueológicos. Por la misma razón que nada ha sido igual en la Arqueología y en la Antropología española tras la publicación, en 1985, de mis libros Cantabria, cuna de la Humanidad y Los orígenes ibéricos de la Humanidad, habiendo pasado España de ser el furgón de cola a situarse a la cabeza de todos los países del mundo por lo que a antigüedad se refiere, la publicación de estas páginas por parte de la recién nacida revista Los Cántabros, habrá de señalar un antes y un después en las investigaciones relacionadas con el origen de la civilización y con los albores de la cultura. Así como, por supuesto, con los primeros balbuceos de la escritura y del lenguaje.

Sé por una larga experiencia que cuando un investigador español realiza un descubrimiento de primera magnitud, que resulta absolutamente irrefutable y que, por ende, no puede ser objeto de las críticas, invectivas o burlas de los especialistas en la materia de que se trate, la táctica habitual seguida por éstos es la del silenciamiento. En lugar del divide y vencerás, aquellos que se pretenden intelectuales aplican, en estos casos, el ignora y vencerás. Se hace caso omiso de los nuevos descubrimientos y se deja que transcurra el tiempo, con el fin de conseguir que el olvido acabe engulléndose al autor de los mismos y de que, desaparecido, desprestigiado o marginado éste por completo, su obra y sus hallazgos pasen a ser, por así decirlo, del dominio público. Una vez conseguido esto, una vez olvidada por todos la persona que realmente efectuó los descubrimientos que fuesen, nada se interpone entre los intelectuales carroñeros y la obra de aquel colega suyo al que consiguieron enviar al otro mundo, corroído por la rabia, la indignación, la cólera, la tristeza… y la vergüenza. Vergüenza ante tanta perfidia y ruindad. España sabe mucho, mejor que ningún otro país del mundo, de esta abominable táctica utilizada por quienes, pretendiéndose intelectuales, son expertos en fagocitar la obra producida por las mentes más lúcidas de nuestro, por lo común, paupérrimo panorama intelectual y cultural.

Siguiendo esta táctica de desprecio > derribo > apropiación, los nombres más preclaros que ha producido el pensamiento ibérico han caído en el más vergonzante de los olvidos, en tanto que toda una legión de mediocres y de inútiles pueblan las páginas de las enciclopedias y de los manuales de Historia, a pesar de no haber efectuado aportación original alguna a la cultura y al conocimiento y a pesar de que su contribución más valiosa fue aquella que pudieron realizar gracias a que supieron beber, ruinmente, en la obra de aquellos sabios cuya tumba contribuyeron a cavar con sus desdenes, sus calumnias, sus zancadillas… y sus maniobras para conseguir sumirles en la ruina y en el desprestigio.

Veinte años de investigaciones sobre los orígenes de Iberia, de Europa y de la Civilización, me han permitido ir reescribiendo una historia que permanecía absolutamente olvidada y que algunos vivos (en el doble sentido) que la conocen, no tienen el menor interés en resucitar. Una historia que demuestra la condición carroñera de algunos intelectuales de las generaciones precedentes, capaces de destruir a personas brillantes, valiosas y absolutamente honorables, con el único propósito de apropiarse de sus ideas y de eliminar rivales y competidores imposibles de derrotar en buena lid. No andan sobradas de medios las Letras españolas y los muchos que se disputan esa pitanza tienen que andar a codazos y empellones para hallar su lugar bajo el Sol y para sobrevivir e incluso medrar en ese durísimo contexto.

Mal están los codazos y las zancadillas entre los aspirantes a ocupar un sitial eminente en el panorama de las Letras, pero si deplorables son este tipo de comportamientos, lo es muchísimo más el hecho de que el camino de la Ciencia en España esté quedado sembrado de cadáveres producidos por aquellos que están dispuestos a todo antes que admitir su mediocridad y que reconocer que existen otras personas infinitamente más lúcidas, capaces y valiosas que ellos. Y destaco la palabra cadáveres, porque como regla general, todos aquellos que han sufrido este tipo de ostracismo, han acabado pagándolo con su propia vida, consumidos por la pena de saberse tan pésimamente pagados en su noble esfuerzo por contribuir al progreso del conocimiento. También yo estuve a punto de seguir este camino, cuando un infarto de corazón me dejó postrado en el año 1987. Sólo que aprendí la lección y me propuse sobrevivir a quienes estaban tratando de mandarme al otro mundo.

Paso a paso, pues, y con la ayuda de mis lectores más asiduos y allegados, integrados hasta hoy en el Círculo Europeo de Hiberistas y, desde hoy, en la Fundación de Occidente, he ido reconstruyendo el verdadero drama conocido por varios investigadores españoles o que se ocuparon del pasado de España y a los que les cupo el mismo infortunio que al descubridor de las Cuevas de Altamira, Marcelino Sanz de Sautuola. Calumniado, infamado e insultado por todos sus colegas españoles y europeos que le acusaban de ser el autor de las pinturas que decía haber descubierto, murió de pena y de indignación al cabo de no muchos años de efectuar su descubrimiento en 1868. Sólo un catalán, Joan Vilanova i Piera, creyó en la honestidad de Sautuola y le brindó todo su apoyo. Algo parecido, aunque hasta hoy totalmente desconocido, es lo que le sucedió a un filólogo aragonés, Julio Cejador y Frauca, que conocedor de las obras de los sabios alemanes y franceses del siglo XIX que defendían el origen común del lenguaje y del linaje humano y que postulaban al euskera como la más antigua de las lenguas, supo comprender genialmente que el nacimiento del lenguaje y de la escritura se había producido en el Norte de España, habiéndose proyectado a todo el mundo desde su primer solar a orillas del Cantábrico. Julio Cejador (1864-1927) que, por haber ingresado muy joven en la Compañía de Jesús pudo disponer de todos los medios imaginables para consagrarse en condiciones óptimas a su labor de investigación lingüística, llegó a gozar de extraordinario renombre en el mundo intelectual español de finales del siglo XIX y principios del XX, valorándose sobremanera sus trabajos sobre Gramática y Literatura. Pero su estrella empezó a nublarse, hasta apagarse por completo, en el momento en que, siguiendo los pasos de Humboldt, de Bonaparte y de otros lingüistas europeos, empezó a defender sin ambages que la lengua baska era la más antigua del planeta y que todas las lenguas del mundo tienen obvios vínculos con ella.

La intelectualidad española no podía tolerar una herejía semejante que, por otra parte, hacía tambalear todos los dogmas imperantes en la época en relación con el nacimiento de las lenguas, de la civilización y de las primeras religiones en el Mediterráneo oriental, y a partir de ahí se inició un calvario para Cejador que habría de llevarle a abandonar la Compañía de Jesús y a vivir absolutamente marginado los últimos años de su vida, presa de una profunda tristeza que describe magistralmente en uno de sus libros, escrito unos meses antes de producirse su muerte. Cejador, como cualquiera que realiza un gran descubrimiento, era consciente de que su trabajo suponía un paso de gigante para el estudio de los orígenes del lenguaje y, sin embargo, el pago que recibió por tan extraordinaria aportación fue el silencio, el vacío, el desprecio… y el olvido. Y no se pudo o supo revolver contra todos aquellos hombres ilustres, algunos de ellos antiguos alumnos suyos, que se aprovecharon con el mayor descaro de su obra y que, en justa correspondencia, le ignoraron por completo. Tomaron de él cuanto les plugo…, y se olvidaron de mencionar su nombre. Lo típico. Lo habitual. Lo corriente en un país como España en el que la honestidad intelectual brilla por su ausencia, practicada solamente por cuatro idealistas que prefieren seguir siendo nadie, antes que conseguir ser alguien a fuerza de pisotear y de auparse sobre los cadáveres de los demás.

Y así resulta que la idea más brillante que yo le conocía al afamadísimo don José Ortega y Gasset, es un plagio vergonzoso de las tesis de Cejador y de otros sabios europeos en estrecha sintonía con él… Así resulta que lo único inteligente que yo he leído en la obra del eminentísimo don Ramón Menéndez Pidal, considerado hasta aquí como el mayor filólogo español de todos los tiempos, es otro plagio repugnante de las tesis del propio Julio Cejador Así resulta que don Américo Castro y don Claudio Sánchez Albornoz, bebieron también, cuanto les convino, en las fuentes de Cejador. Exactamente lo mismo que hizo el teósofo Mario Roso de Luna, aunque en este caso no me consta si reconoció u ocultó esa deuda en su obra. Me gustaría pensar que Roso de Luna -hombre de extraordinaria talla intelectual- fue mucho más honesto que los personajes que he citado anteriormente. ¿Y qué decir de don Miguel de Unamuno, excelente poeta, buen escritor, pensador mediocre y nefasto filólogo que siendo basko y catedrático de lengua griega, ni se enteró siquiera de que la lengua baska es el precedente indiscutible de la lengua helénica…? Y eso que, como todos los miembros de la Generación del 98 y todos los Españoles cultos de su época, sabía perfectamente de la obra de Cejador y, sin la menor duda, había leído sus tesis respecto a la filiación baska de la lengua de la que Unamuno era orondo profesor en la Universidad de Salamanca. Orondo e ignorante, porque ¿cómo se puede enseñar la lengua griega desconociendo que es un calco moderno de la baska?

El autor con Areilza

También Antonio Cánovas del Castillo parece haberse visto influido por la obra de Cejador, aunque tampoco me consta si lo llegó a reconocer o no. La misma duda que me cabe respecto a Joaquín Costa, paisano de Cejador y hacia el que quiero pensar que mostró admiración y respeto. E ignoro si discípulo pero seguro que lector ferviente de ese gran jesuita que a pesar de haber honrado a la Compañía más que todos sus coetáneos, se vio obligado a abandonarla, lo fue sin la menor duda el Doctor Areilza, bizkaíno extraordinariamente lúcido e inquieto de quien heredaría su gran talla intelectual y su pasión por el pasado remoto de España, mi ilustre y brillante amigo y mecenas José María de Areilza.

Pero toda aquella fecunda siembra no sirvió para nada. Las tesis de Cejador y las de todos los sabios europeos que compartían ideas semejantes en relación con el sobresaliente papel desempeñado por la Península Ibérica en la génesis de la Civilización, iban a caer en el más hermético de los olvidos durante más de medio siglo, como consecuencia de la Guerra Civil y de la culturalmente nefanda etapa de gobierno del general Franco. La Iglesia Católica jamás vio con buenos ojos todas esas tesis históricas que ponían en entredicho la verdad de lo contenido en los libros sagrados y el Caudillo, dócil siempre a la doctrina del Vaticano, convirtió España en un erial por lo que a la evolución del pensamiento y del conocimiento se refiere. Las grandes cuestiones de nuestro pasado cayeron en un profundo letargo, levemente desperezadas tan sólo con los escarceos de los Areilza y, ya en la década de los setenta, por los tientos puramente especulativos y, si se me permite, notablemente torpes, de escritores como Fernando Sánchez Dragó, Luis Racionero, Juan García Atienza y, más tarde, Juan Eslava Galán. Los dos primeros muy allegados a José María de Areilza, hasta que éste descubrió que eran unos simples diletantes. De ahí el que ninguno de los cuatro, a pesar de su interés por estos asuntos y del dinero que les ha procurado, haya llevado a cabo una labor de investigación histórica digna de tal nombre, habiéndose limitado a husmear en el arcón en donde se encerraban todos esos raros y olvidados libros del siglo XIX y de las primeras décadas del XX, en los que se encerraban los últimos vestigios de memoria respecto al ilustrísimo pasado prehistórico de la Península Ibérica. Vestigios con los que construyeron su pensamiento y sus obras, olvidándose sistemáticamente de citar las fuentes en las que bebían. Muy propio.

Y ya por último, merece mención aparte en este comentario un filólogo español fallecido en 1983, el basko Imanol Aguirre, por el que llevo rompiendo lanzas desde que supe de su existencia en 1987, convencido de que él había sido el primero en descubrir la primogenitura de la lengua baska. Toda mi obra está preñada de homenajes a este olvidado filólogo, a pesar de que no he bebido jamás en su obra y de que sus tesis filológicas llegaron a mi conocimiento a través de uno de sus hijos, cuatro años más tarde de que yo hubiese elaborado y publicado las mías propias, muy afines a las suyas en lo que se refiere a la primogenitura del euskera. Porque me cabe el enorme orgullo de haber construido todas mis tesis filológicas, antropológicas, arqueológicas y etnológicas antes de haber leído a todos los autores citados o a los que me dispongo a mencionar a continuación, en este caso a título de homenaje. Mi camino fue muy otro al de todos ellos y tuvo como única guía al sentido común. Éste ha sido mi único maestro y por éste me he guiado y sigo guiando desde que inicié mis investigaciones en el año 1984, tras dos años de estudios sobre otro de los grandes temas tabú de la etapa franquista: la España de Sefarad. Haber sabido comprender que el gentilicio Hebreo procedía del nombre del país del Hebro, fue la clave que me llevaría a descubrir que España = Iberia = Sefarad había sido la matriz de la Civilización y de la propia especie humana. Después, cuando ya había construido toda mi tesis y escrito multitud de libros respecto a ella, vino el paulatino descubrimiento de todos esos investigadores eméritos que he ido mencionando y a los que, de manera inmediata, me propuse rehabilitar. Y lo he conseguido. De varios de ellos nadie se acordaba ya y hoy empiezan a ser conocidos y reconocidos, y el último nombre de esa cada vez más extensa relación es, precisamente, el de Julio Cejador. Hace sólo dos meses, el 23 de Abril del año 2004, estando en Barcelona con ocasión de celebrarse mi santo y el Día del Libro, uno de mis lectores más queridos, Javier Zarzuelo, me regaló uno de sus libros fotocopiados. En ese día, pues, y veinte años después de que yo iniciase mis investigaciones, vine a descubrir que no habíamos sido ni Imanol Aguirre ni yo quienes habíamos sido los primeros en identificar a la lengua baska como la más vieja del planeta. Julio Cejador, bebiendo en toda una pléyade de pensadores europeos, se nos había adelantado en un montón de décadas. Imanol Aguirre, que construyó sus tesis a partir de las de Cejador, ocultó siempre este dato fundamental. Yo, a pesar de que no le debo absolutamente nada a este sabio aragonés, preferiría morirme antes que silenciar su nombre. Porque, aunque muchos parezcan no querer enterarse de ello, no existe sabiduría digna de tal nombre allí donde no existe, paralelamente, la honradez. Lo que hace que la historia de la evolución del conocimiento humano no se haya construido jamás sobre el endeble andamiaje de los engaños, de las ocultaciones o de las apropiaciones indebidas, sino sobre el sólido, inamovible y admirable cimiento de la bondad, de la honestidad y del amor a la Humanidad por encima de todas las cosas. Y mal puede amar a la Humanidad en su conjunto, quien buscando el medro de su vanidad ofende al propio concepto de humanidad al tratar de erigir el monumento de su mérito sobre el pedestal del mérito ajeno.

La historia de la Ciencia es la historia de la bondad mejor entendida; de la bondad de la renuncia, de la bondad del desprendimiento, de la bondad del sacrificio, de la bondad del sufrimiento… Y, también, de la bondad del empeño por contribuir a erigir el edificio del conocimiento, sobre la mayor de las renuncias que un ser humano pueda realizar: la de su propia vida.

Cejen, pues, todos los plagiadores en su sucio y estéril empeño. Porque de la lectura de las páginas precedentes se desprende que ningún plagio acaba quedando impune y que, aunque a veces tengan que transcurrir siglos para ello, la verdad termina imponiéndose siempre sobre el engaño. Quede aquí claramente expresado mi desprecio hacia quienes construyen su medro valiéndose del mérito ajeno. Quede aquí claramente reflejado mi propósito de desenmascarar a quienes, huérfanos de talento, usurpan el ajeno para enjalbegar la fachada de su grisácea y patética mediocridad.

2. La senda hacia el descubrimiento del origen del habla

Las más viejas formas de escritura del planeta se encuentran en la Península Ibérica. Y ello ya desde época paleolítica. Lo que convierte en un chiste todas esas cábalas respecto a si la escritura nació en la India hace 5500 años o en Egipto algún tiempo más tarde. Ni en un sitio ni en otro. Y voy a seguir aportando pruebas de ello, recurriendo en este caso a un libro publicado en 1868. Se trata de las Antigüedades prehistóricas de Andalucía, escritas por Manuel de Góngora. Uno de tantos libros como antes se editaban en España, escritos por hombres eminentes y repletos de pruebas que unos y otros se han ido encargando de hacer desaparecer.

Para comprender el talante de Manuel de Góngora nada mejor que estas palabras de presentación escritas por él mismo: Los alemanes distinguen entre dos clases de doctos: unos que sólo piensan en el objeto científico y en la verdad; y otros que antes que todo piensan en sí mismos, en su fama y en su vanidoso nombre. Quiera Dios que pueda yo contarme entre los primeros, pues datos es lo que faltan a la ciencia y sobran sermones y elucubraciones. Sabias palabras que, ocioso es decirlo, suscribo de forma apasionada.

Manuel de Góngora reproduce en su obra un buen número de signos encontrados en cuevas y sepulcros de Andalucía, habiendo sido él mismo el descubridor de algunos de ellos. Por eso escribe con legítimo orgullo: Este descubrimiento es exclusivamente mío y me proporciona la gloria de ser el primero en España que da a conocer una escritura prehistórica enteramente nueva y desconocida. Y parece indudable que lo era, ya que Julio Cejador y el alemán Waldemar Fenn son posteriores a Góngora.

Manuel de Góngora nos habla de las Cuevas de Carchena, descubiertas en 1848 cerca del monte Horquera, no lejos de Torre del Puerto:

El ansia de buscar tesoros hizo que las escudriñasen ciertos vecinos de Baena, dando con unas sepulturas… y con numerosa colección de lajas sueltas donde aparecían estraños geroglíficos. Lleváronse a Baena secretamente, se guardaron y aún guardan con misterio como receta segura de la anhelada riqueza.

Y reproduce en su libro el dibujo de dos de ellas. Dibujo en el que puede apreciarse que no se trata de planos para localizar un tesoro, sino de escritos cuya antigüedad debía ser enorme. Y digo debía porque es obvio que esas tablillas de piedra han pasado a mejor vida. Como casi todo lo que ha aparecido en España. Por eso resulta una misión tan titánica la de redescubrir su pasado: porque han sido tan grandes la ignorancia y la codicia en la vieja Iberia, que todo cuanto de valor se descubre, primero se oculta y a la postre se pierde. Como aguda y chuscamente escribiera mi cuarto hijo, Ibán: la prueba de que el Paraíso estaba en España es que no se ha encontrado. Si la cuna de la Humanidad hubiera estado en cualquier otra parte del mundo, ya se habría localizado hace tiempo. Pero aquí no hay forma. Entre el clero, los buscadores de tesoros, los coleccionistas, los afectos a los detectores de metales, los mangantes que especulan con todo lo antiguo, ciertos arqueólogos que volatilizan los hallazgos que comprometen sus tesis y, en fin, los ignorantes que destruyen todo lo que tiene aspecto de viejo, ya me dirán ustedes cómo se pueden aportar pruebas que refrenden la primogenitura histórica de la antigua Hespérida

Nos habla también Manuel de Góngora de una preciosa colección de pinturas prehistóricas descubiertas…

en Piedra Escritá, en un lugar casi inaccesible, habitación de fieras y cabras monteses. Pasado el río de los Batanes, en remotísima edad y con arte y simetría, se cortó a pico de espiochas la falda del peñasco, que es de pedernal fino, dejando una fachada o frontispicio de seis varas de alto y otras tantas de ancho, abriendo allí dos cuevas contiguas pulimentadas en sus cuatro caras. En los dos frentes esteriores aparecen más de sesenta símbolos o geroglíficos escritos con modo rústico y sencillo, con tinta rúbrica bituminosa. La media luna, el sol, una segur, un arco y flechas, una espiga, un corazón, un árbol, dos figuras humanas y una cabeza con corona se destacan entre aquellos signos, albores de la escritura primitiva.

Aunque no puedo entrar ahora en ello, todos esos grabados que ornaban el frontal de Piedra Escritá constituyen una auténtica antología de la más vieja mitología ibérica. Al tiempo que una prueba más de que la Mitología tuvo su cuna en Iberia. Cosa por otra parte lógica ya que las mayores invenciones hechas por la primera Humanidad –escritura, pintura, escultura, metalurgia, religión, astrología…– tuvieron que darse necesariamente la mano y ser gestadas por un mismo pueblo en un tiempo relativamente cercano.

¿Nos sorprenderemos, a partir de cuanto antecede, de que alguno de nuestros viejos historiadores denomine certeramente enuskera a la lengua de los Baskos, probándose así su parentesco con la lengua hablada en la supuesta primera ciudad de la Tierra, conocida en la Biblia con el nombre de Enokia?

¿Nos sorprenderá, así mismo, el hecho de que la lengua enuskera = euskera = eskuara resulte compartir su denominación con términos tan primordiales, en relación con cuanto venimos viendo, como puedan serlo las voces escuela y escribir?

Un investigador francocatalán al que me referiré más adelante, Juan Parellada de Cardellac, supo comprender no sólo la ancianidad de la lengua hablada por los Baskos, sino también su carácter incontestablemente autóctono:

Los primitivos autores del euskaro, abuelos de los vascos, vivían ya en su actual territorio en la época glacial, como está por otra parte plenamente demostrado en nuestros días.

Si los vascos han podido conservar su lengua es porque han mantenido, a través de milenios, su primitiva identidad racial, sus caracteres antropológicos ancestrales. La estricta probidad científica me obliga a declarar que los últimos trabajos científicos del Dr. de Bos, del Instituto Rockefeller, han demostrado que contrariamente a lo que se ha admitido hasta hoy, los genes ADN son susceptibles de mutaciones motivadas por agentes exteriores de clima y de medio ambiente. Ello implica que si el hombre vasco ha conservado íntegras sus características peculiares, ha sido en su medio ambiente, o sea en las montañas vascas.

El éuscaro es la lengua paleolítica de los territorios ibero-ligures, que no procede de ninguna parte sino que es autóctona. La lengua vascuence, como lengua prehistórica, constituye el monumento lingüístico más arcaico de Occidente, cuya conservación incumbe tanto a Francia como a España.

Cerca estuvo Parellada de comprender que detrás del euskera se oculta la primera lengua hablada por el ser humano, madre de todas las lenguas de la Tierra. Y tampoco estuvo lejos de vislumbrar esta verdad Miguel de Unamuno, a tenor de estas palabras que cita José Luis Comenge en su Ensayo sobre la geografía y las lenguas ibéricas y cuya redacción, un tanto deficiente, me he permitido corregir recordando mis tiempos de profesor de castellano en la Universidad de Bruselas:

Las crónicas nos hablan de los Iberos, de los Celtas, de los Fenicios, de los Romanos, de los Cartagineses y de las invasiones bárbaras y árabes. Todo esto induce a pensar que se produjo aquí una mezcla de todos los pueblos llegados de fuera, pero la realidad es que estos últimos no representan más que una ínfima minoría menor de lo que se cree y comparable a una delgada capa de aluviones sobre la roca viva de la población indígena y prehistórica de España.

Una forma como otra cualquiera de afirmar que las lenguas ibéricas no proceden del latín. Porque sería insensato pretender que esa delgada capa de aluviones hubiera podido prevalecer sobre la roca viva de nuestras hablas milenarias. Una idea que está también latente en estas sorprendentes palabras de Ramón Menéndez Pidal en su Estudio en torno a la lengua vasca:

No existen razones para negarse a creer, con Aranzadi, que el vasco es una de las lenguas que se hablaban bajo los dólmenes e incluso, tal vez, en las cavernas cuaternarias. Los hombres que hablaban esta lengua pueden identificarse con aquellos a los que los autores antiguos denominaban Iberos. El vasco representa el vestigio venerable de las lenguas ibéricas desaparecidas y merece por ello toda nuestra atención y el respeto que se debe a las reliquias de la Antigüedad. Estoy en condiciones de afirmar la influencia del elemento vasco en el desarrollo de las principales características de la lengua española.

Como he escrito anteriormente, sólo el hecho de que estas ideas de Unamuno y de Pidal no fuesen propias sino adquiridas, permite entender que ambos filólogos no llegasen a descubrir, a partir de ellas, no sólo que las lenguas romances no proceden del latín sino que la primera lengua hablada en el mundo tuvo su matriz a orillas del Cantábrico. Mucho más cerca estuvo de verlo un cura francés que merecería se le erigiera un monumento por su lucidez. Me refiero al Abate Espagnolle, autor del libro Origine des Basques:

El sustrato principal de la lengua francesa es prelatino. Yerran por lo tanto aquellos que la hacen derivar de la lengua latina.

Palabras tan clarividentes como contundentes… y ciertas. Siempre han ido los Franceses por delante de los Españoles en las cosas del pensamiento y de la cultura. No es extraño por ello que algunos de ellos se hayan negado a comulgar con ruedas de molino en lo tocante a la latinidad de las lenguas del Occidente de Europa. Por eso Franc Bourdier, en su libro Les origines de la langue basque, se expresa en estos términos no menos concluyentes:

Tengo la impresión de que el vasco no ha sido tomado suficientemente en consideración para la búsqueda de las etimologías francesas, incluidos los nombres geográficos. La mayoría de estas etimologías son rebeldes a las derivaciones latinas.

A estos dos Franceses clarividentes a los que acabo de referirme, se unen varios sabios europeos cuyos nombres merecen ser recordados en el momento en que, al descubrirse a orillas del Cantábrico las más antiguas manifestaciones escritas de la historia de la Humanidad, se prueba de manera concluyente que todas las lenguas del planeta nacieron en ese mismo contexto geográfico en el que se habla la lengua baska, desde hace tanto tiempo postulada como la más antigua de cuantas existen. Y con el fin de acabar con tópicos como los que hoy circulan y de probar los vínculos que, desde siempre, han unido a Kántabros y a Baskos, bueno será que empiece por recordar estas palabras del Doctor Alfonso de Guevara en su Fundación y Antigüedad de España y conservación de la Nobleza de Cantabria, publicado en Milán en 1586:

Tratando de Ibero, segundo Rey de España, hacen gran memoria Alberto Magno, Solino y Poliodoro, cómo el río Hebro nace en el remate de los Perineos, en los confines de los Cántabros, vulgarmente llamados Vizcaynos, y lo que digo dellos digo de los Guipuzcoanos, que todos son Cántabros superiores, porque es toda una gente, una nación, una lengua, una antigüedad, una nobleza y un valor…

Esto dicho, escuchemos ya a los pensadores europeos de los que fuera discípulo el eminentísimo aragonés, Julio Cejador:

Herder (Memorias de la Academia de Berlín): Hallo muy probable que todo el linaje humano provenga de un solo tronco y que las lenguas se deriven de una sola primitiva, más bien que de diversas fuentes.

Julio Klaproth (prefacio de “Asia políglota”): La afinidad universal de las lenguas está rodeada de una luz tan resplandeciente, que todo el mundo debe considerarla como enteramente demostrada. Lo cual sólo se puede explicar suponiendo que los retazos de la lengua primitiva, se hallan todavía desparramados por todos los idiomas del antiguo y nuevo continente.

Alejandro Humboldt (Epígrafe al “Asia políglota” de Klaproth): Por aisladas que parezcan algunas lenguas, por raras que parezcan sus caprichosas maneras de expresión y sus dialectos, todas tienen analogía, y sus idénticas y comunes relaciones quedarán todavía más patentes a medida que la historia filosófica de los pueblos y el estudio de los idiomas vayan perfeccionándose.

Max Müller (“Lectures”): En la portentosa fecundidad de la primera emisión de los sonidos y en la instintiva selección de las raíces, hecha después por las diversas tribus, podemos hallar la explicación de la diversidad de las lenguas, como nacidas todas de una sola fuente. Podemos comprender no solamente cómo se formó el lenguaje, sino también cómo hubo de escindirse en tantos dialectos; y estamos convencidos de que sea cual fuere la diversidad que haya en las formas y raíces del habla, no puede sacarse de semejante diversidad ninguna prueba concluyente contra la posibilidad de un origen común. La ciencia del lenguaje nos levanta a una altura desde donde podemos atalayar la aurora de la vida humana, y donde la frase del Génesis de que en toda la tierra no había más que una sola lengua, nos ofrece un sentido más natural, inteligible y científico que el que antes conocíamos. Mejor que ningún otro monumento de la tradición, el fenómeno del lenguaje da fe de las luces que rodearon a la cuna de la Humanidad.

Gonlianoff (Discurso sobre el estudio fundamental de las lenguas, París 1822): La sucesión de los hechos anteriores a la historia, borrándose con los siglos, parece oponerse a la unidad del linaje humano. Si algún día osara algún filósofo asentar la multiplicidad del origen del humano linaje, la identidad de los idiomas todos vendría a desenmascarar el error y llegaría a convencer con su autoridad a los más convencidos de lo contrario.

Jacobo Grimm (“Acerca del origen del lenguaje”, Berlín, Dümmler 1852): Si el lenguaje hubiera sido un don celestial dado al hombre y creado sin él y fuera de él, la ciencia no tendría derecho ni medios para buscar su origen; pero si es obra humana, si ofrece un derrotero y un desarrollo regular, es posible llegar hasta su cuna por medio de legítimas inducciones.

Julio Cejador (“Introducción a la ciencia del lenguaje”, Madrid, 1911): … los pocos que han sostenido la pluralidad originaria de los idiomas, no formaron tal juicio estudiando las lenguas. La lingüística en cuanto tal ha llevado siempre a creer en la unidad originaria del lenguaje. Lejos estaban Platón y Humboldt de recurrir a la intervención inmediata de la divinidad en el origen del lenguaje, y no menos lo estoy yo, que trato de exponer el origen del habla de una manera tan natural como el origen del gesto, de la fisonomía, de la visión y de la locomoción.

3. Antecedentes en el descubrimiento de la escritura:

a. Julio Cejador

Julio Cejador, como Marcelino Sanz de Sautuola, tuvo también su aliado y adalid en un eminente erudito catalán, P. Bosch-Gimpera. A éste me remito, pues, y a su prólogo al libro de Cejador Ibérica –I, antes de pasar a reproducir algunas de las tesis defendidas por el lingüista aragonés:

Cuando terminaba la corrección de las pruebas del presente trabajo sobre las antiguas inscripciones ibéricas, pasó a mejor vida el que fue sabio Profesor de Lengua y Literatura Latinas de la Universidad de Madrid, D. Julio Cejador y Frauca, filólogo eminentísimo y de vastos conocimientos, perito a la vez en las lenguas orientales, en el griego y en el latín, así como en la filología románica, pensador de gran originalidad y de ideas personales en sumo grado.

Su producción copiosa, de la que buena parte se halla todavía inédita, acerca de la historia del castellano, de sus orígenes y del vasco, no sólo como lengua primitiva de España, sino como lengua en la que debían buscarse, según él, las raíces de las demás, deja una profunda huella.

El problema del vasco le llevó a estudiar las antiguas inscripciones ibéricas, que creyó poder descifrar a través del vascuence, después de haber hallado un nuevo sistema de lectura de los alfabetos en que están escritas y que creyó el primero de las civilizaciones históricas…

Sin duda los resultados de Cejador habrán de ser muy discutidos y nosotros, que no somos filólogos, no sabríamos formar una opinión acerca de este difícil problema, que viene discutiéndose desde los tiempos de Humboldt. Creemos, sin embargo, que el trabajo en que el difunto maestro puso todo su entusiasmo y que meditó y retocó cuidadosamente durante mucho tiempo, es uno de los mayores esfuerzos hechos para resolver el problema, así como también creemos que debe ser tomado en consideración y estudiado por los especialistas, sobre todo por los filólogos que se ocupan de la lengua vasca. El propio Cejador les invitaba, al terminar su obra, con la ecuanimidad propia del verdadero hombre de ciencia, a que la discutiesen serenamente.

De tal discusión esperamos mucha luz. ¡Desgraciadamente en ella no podrá intervenir ya Cejador, que tantas ilusiones cifraba en este trabajo que, en cierta manera, venía a darle la clave de una gran parte de su labor filológica!

Escuchadas las cariñosas palabras de Bosch-Gimpera, conozcamos ahora algunas de las tesis de Julio Cejador en relación con el origen del lenguaje y de la escritura:

Desde que se publicó la obra de Manuel de Rougé, Mémoire sur l´origine égyptienne de l´alphabet phénicien (París, 1874), se admite generalmente que el origen del alfabeto está en los jeroglíficos egipcios. Muchos comienzan ya a dudar y a mirar a las islas del Mediterráneo y aun hacia España. La cultura minoana de Creta y la ibérica de España comienzan a revelársenos como las más antiguas del Mediterráneo. Cuando al alfabeto ibérico -llamado celtibérico o de letras desconocidas y que debería llamarse español o euskérico, puesto que es el propio de los antiguos españoles o del euskera, habla primitiva de España– desde fines del siglo XVI en que se dio a conocer, no se ha podido descifrar ni una sola palabra: ha sido el mayor fracaso que se conoce en achaque de inscripciones.

(…) Bien sabía Hübner (Monumenta linguae ibericae, Berolini, 1893) que tenemos en España todavía un idioma antiquísimo, (pero) como veía que los sabios españoles no daban la menor importancia al vascuence y no sólo no lo sabían ni trataban de estudiarlo, sino que se reían de los que se acordaban de este idioma, no se tomó el trabajo de aprenderlo. Él y los sabios españoles merecen en este punto seria censura. Si el vascuence es continuador del idioma ibérico, por muy cambiado que esté en él aquel idioma, siempre sería de ayuda inapreciable. (…) Este menosprecio de un idioma que tenían dentro de su propia casa, ha sido la verdadera causa del vergonzoso fracaso de no haberse podido descifrar ni una sola palabra ibérica. (…) “Domine” me han llamado en letras de molde y hará ya la friolera de veinte y tantos años que se dijo que “era lástima que tuviera yo la chifladura del vascuence”. La frasecita sigue repitiéndose, en vez de refutar algo de lo mucho que acerca del vascuence llevo escrito y publicado hasta la fecha. (…) Desde el siglo XVIII los eruditos españoles sienten verdadera tirria contra el vascuence y ni admiten la tesis de Humboldt (el euskera, lengua primitiva de Iberia), admitida por la mayor parte de los sabios extranjeros.

Dan por enteramente averiguado que el vascuence no tiene nada que ver ni sirve para nada tratándose de inscripciones ibéricas ni de castellano. Ceguera increíble, menosprecio injustificado de un idioma que, aunque no hubiera tales inscripciones, deberían estudiarlo nuestros eruditos como el monumento más venerable y antiguo de España. El vascuence, por ellos menospreciado, les ha jugado una mala partida, mejor dicho, les ha dejado en su ignorancia por no haber acudido a él que les hubiera alumbrado.

Las pruebas aducidas por mí sobre que el vascuence se habló por toda España y, tal, que no difiere del vascuence hablado hoy, son tan evidentes que, entre los escritores españoles se va notando ya algún cambio, dando como cosa averiguada que el vascuence se habló en otro tiempo fuera del país vascongado y aun por toda España; aunque (…) el estudio del vascuence es harto espinoso y pide gran desinterés por no dar honra ni provecho. Mis argumentos, ¿cómo van a tomarlos en cuenta los que me tienen por un dómine y por un chiflado en materia de vascuence?

(…) Ello supone gran cultivo de las letras entre los españoles en su propia lengua, el vascuence, antes de llegar acá los romanos. La mayor parte de los historiadores no se explicaban el dicho de Estrabón de que los turdetanos tuvieran escritos literarios tan antiguos como él dice. ¿Pero no tenían su alfabeto, que veremos supone muchos siglos de vida y de evolución? Los historiadores romanos para nada hablan de los españoles, si no es como guerreros que tanto les dieron en qué entender. La civilización romana hundió la civilización española, hundió su literatura, su lengua, su alfabeto. Fuera de ese texto tan general de Estrabón y de otro de Silio Itálico, en que dice que ciertos españoles cantaban versos en su idioma, nada nos dijeron los romanos de aquella nuestra cultura.

(…) Otra cosa queda probada y es que el vascuence de aquella época remota no ha cambiado en lo más mínimo. Duras de aceptar parecerán estas conclusiones a los enemigos del vascuence: pero ellos se tienen la culpa, porque el sabio no ha de tener malquerencia ni mirar de malos ojos ninguna cosa, si quiere dar con la verdad.

(…) Y digo del alfabeto y no de los alfabetos, porque aunque en cada región y época se emplearon unos signos más que otros, todos pertenecen a un solo alfabeto evolucionado en épocas y regiones y los signos principales se hallan en todas las regiones y épocas.

(…) Resumiendo, las letras primitivas son ideogramas, sobre todo de la conformación de la boca al articular los sonidos, ideogramas de la articulación. Nada de esto se vislumbra en los alfabetos fenicio ni griego. No puede ser casualidad esta pintura en todas las letras, de modo que hay que confesar que tal fue la intención de los hombres que inventaron la escritura, que fueron los euskaldunas. Tenemos, pues, aquí el origen del alfabeto y de la escritura entre los mismos que aún conservan el habla primitiva. Nada más natural.

(…) Lo segundo que se saca de este estudio es que el alfabeto ibérico es muy antiguo, aunque no podamos precisar cuándo se inventó. La evolución de formas hasta olvidar el valor ideológico de los que lo inventaron requiere mucho tiempo. Además, de este alfabeto veremos que salieron el fenicio, el griego y hasta el hiératico de Sumer y Acad, del cual salieron los signos silábicos de las inscripciones cuneiformes de Asiria y Babilonia. Es, pues, anterior a la cultura babilónica y asiria, a la egipcia y a la cretense o minoana, esto es, anterior a todas las culturas que conocemos. Los signos de nuestro alfabeto se derramaron por el Mediterráneo y llegaron hasta la India e Indochina en último término. Lo probable es que se inventara en la Edad de Piedra, antes de la época de la gran agricultura, que convirtió en sedentarios a los pueblos antes nómadas y cazadores.

No sabemos cómo se llamaba cada signo del alfabeto entre los euskaldunas; pero de sus nombres debieron salir los que se conservan entre griegos y semitas, algo modificados…

(…) cuando se redactaron las inscripciones y medallas que poseemos se había ya olvidado el valor propio y digamos etimológico de los signos. El mismo hecho prueba la antigüedad grande del alfabeto, pues para que así se pierda el valor ideológico y propio sonido de cada signo silbante, confundiéndose todos ellos, muchos tiempos son menester que transcurran.

Inscripciones de Portugal. Son sin duda las más importantes por todos conceptos. Las letras son de las más antiguas y sin mezcla de signos de alfabetos extraños o de signos ambiguos. Apenas si hay que suplir nada.

Son finalmente tan artísticas en el trazado y de tan denso contenido ideológico, que puede asegurarse que tenemos aquí las más antiguas muestras literarias que conocemos de España. El idioma es francamente el vascuence sin lugar a dudas.

(…) Hay que convenir en que el griego y latín tienen letras ibéricas que no tiene el fenicio, es manifiesto, y que no se derivaron de las correspondientes fenicias. ¿Vinieron de Grecia a España o de España fueron a Grecia? La respuesta es la misma que dimos a la pregunta de si vinieron a España las letras ibéricas saliendo de las fenicias o las ibéricas dieron las fenicias. En España se hallan todas las griegas y latinas y con su clara derivación mediante la jucla de las formas primitivas; en Grecia no se halla explicación de la jucla ni de las formas jucladas, ni se hallan todas las primitivas que de las jucladas salieron, ni se halla explicación alguna de ninguna de las letras, como se hallan en España. Luego de España salió el alfabeto griego

Gloria de España es poseer todavía el habla más antigua y de la cual se derivaron los idiomas todos que conocemos, el habla natural, nacida de los gestos, principalmente de los gestos de la boca o articulaciones. Con ella se conservó el alfabeto primitivo.

Quedaron atrás los tiempos míticos de los vascófilos que, desconociendo la lingüística como ciencia del lenguaje, que todavía no había nacido, nos presentaron atisbos de la verdad a vueltas de mil elementos míticos y misteriosos, de patrañas que les desacreditaron. Con mis trabajos ha entrado la luz de la ciencia en aquel bosque tenebroso.

(…) Cómo del vascuence salieran las lenguas indoeuropeas, lo hallará el curioso recogida y ceñidamente en mi Diccionario etimológico-analítico latino-castellano.

El descubrimiento del alfabeto primitivo confirma mi descubrimiento del origen del lenguaje: el idioma primitivo y su alfabeto y escritura tenían que ir a la par y hallarse en la misma raza española.

Sólo me queda rogar a los verdaderos sabios, quiero decir, a los que buscan sólo la verdad, lean con serenidad este mi trabajo, como leyeron los demás míos, y me comuniquen las rectificaciones de yerros que sin duda en tan espinosa materia no habrán de faltar, a pesar de todos mis esfuerzos.

b. Waldemar Fenn

Discípulo, sin duda, de Humboldt y conocedor de la obra de Julio Cejador, el ilustre arqueólogo germano Waldemar Fenn consagró la última parte de su vida a demostrar que la Península Ibérica había sido la cuna de la civilización. Así lo establece en su libro Gráfica prehistórica de España y el origen de la cultura europea, autoeditado en Mahón en el año 1950. Nadie mostró el menor interés por publicar un libro clave para descifrar los orígenes de la escritura, por lo que nada debe extrañarnos que más de medio siglo más tarde, la Arqueología siga buscando la cuna de la escritura en las antípodas de donde se encuentra. Julio Cejador y Waldemar Fenn son hombres y nombres, hoy, absolutamente desconocidos. Al francés Champollion, sin embargo, cuyo descubrimiento está a miles de años luz en importancia de los realizados por Cejador y Fenn, le conocen hasta los escolares. Resulta patético.

A diferencia de otros sabios europeos, Waldemar Fenn no sucumbió cautivado al canto de sirena de la mitología ibérica, ni tampoco se vio deslumbrado por el arcaísmo de la lengua de los Baskos. Fenn es completamente ajeno a esas cuestiones y su fascinación por la cultura ibérica va a plasmarse en el afán por descifrar el oscuro y crucial significado de nuestra riquísima -y única- escritura paleolítica.

El camino elegido por Fenn no tiene, pues, precedentes ni mantiene paralelo alguno con el de todos aquellos que con mayor o menor fortuna, talento e inspiración hemos buceado en las procelosas profundidades de la lengua conservada por los Baskos.

Fenn prescinde de todas las noticias concernientes a la antigüedad de España y se centra exclusivamente en el estudio de todos esos enigmáticos signos trazados por el hombre de la Prehistoria y a los que tan escasa, por no decir nula atención se ha venido prestando hasta la fecha. Suele ser norma habitual la de despreciar o ignorar aquello que se es incapaz de interpretar. Las conclusiones de Fenn no tienen desperdicio, por lo que -como he hecho en el caso de Cejador- reproduzco algunas de las más significativas:

Las innumerables manifestaciones cosmológicas y religiosas que se encuentran sobre la tierra ibérica, claras fuentes de la sabiduría más antigua, nos ofrecen un incomparable tesoro de altísimo valor ético. Desde tiempos más remotos que en ningún otro país del mundo, ya se nos presenta la gráfica ibérica con sorprendente riqueza de sublimes ideas y elevadísima espiritualidad.

En infinidad de lugares y en los más diversos emplazamientos de la península Ibérica -sobre rocas yacentes o escarpadas, al aire libre, en santuarios y cuevas, en dólmenes y sobre losas de tumbas relacionadas con el culto a los muertos- encontramos tales signos esculpidos o pintados. Se presentan en forma de símbolos aislados y hasta en grupos de amplias composiciones de figuras muy variables, grabadas con gran maestría en piedras, desde la blanca arenisca hasta el más duro granito. En todo el Neolítico español, desde fines del Paleolítico hasta su perduración en la Edad de Bronce, podemos seguir la evolución de estos signos hasta su transformación en la verdadera escritura ibérica.

También en numerosos objetos de culto y amuletos vemos expresadas las mismas ideas cosmosóficas que, con las anteriormente citadas, forman un conjunto armónico y trascendental. Es así mismo interesantísimo observar cómo la cultura nacida en el suelo ibérico extiende su influencia en todas direcciones, llegando hasta los países limítrofes del Mediterráneo oriental.

Al final de la última época glacial, la península Ibérica juntamente con las partes pobladas de la Europa occidental y el Norte de África, formaba una gran unidad cultural primitiva y de asombrosa uniformidad.

En el pueblo vasco es donde se encuentra más conservado el tipo ibérico. Euskadi representa hoy para la moderna ciencia lingüística la clave para el estudio de un antiguo y auténtico idioma ibérico. Encontramos, además, en las rocas cantábricas los testimonios más numerosos y expresivos de la astronomía y cosmografía antiguas; pero la máxima importancia de este rincón cantábrico la constituyen dos de las manifestaciones del espíritu humano que debemos calificar como las más altas y más antiguas del continente europeo y quizá del mundo. Sin exageración, puede otorgarse a las pinturas de la cueva de Altamira el título de maravilla del arte, de la misma manera que el mapa celeste de las peñas de Eira d´os Mouros puede conceptuarse como un milagro de la ciencia.

Mientras el Oriente, con la interpretación de figuras y personificaciones fantásticas, llegaba a un politeísmo ilimitado, en el Occidente se iba formando el más absoluto monoteísmo, la revelación de un ser divino y omnipotente como única y suprema explicación de los misterios del cosmos. (…) Eran intuiciones de una profunda religiosidad que no permitía ninguna personificación directa del Ser divino, sino solamente un símbolo para satisfacer el deseo humano de poseer o llevar algún objeto sagrado o símbolo de la Deidad. Tales ídolos y amuletos no eran, seguramente, objetos de adoración, sino solamente signos de la comunidad religiosa y al mismo tiempo de protección divina.

La inmensa riqueza en metales y las magníficas obras de los artesanos en oro, plata, cobre y marfil, y de su arquitectura megalítica; el florecimiento en la cría de caballos y la domesticación de todos los animales útiles; el cultivo de frutas exquisitas, legumbres y de los mejores cereales, está bien atestiguado en la antiquísima Iberia. Hoy nos demuestra la Prehistoria que tales adelantos estaban ya en poder de los iberos, muchos milenios de años antes del nacimiento de Platón y hasta en los tiempos más remotos. También en las obras de Estrabón y Diodoro, en noticias de Euphoros, Tukydides y Philistos, encontramos referencias a la llamada cultura atlántida y la extensión de la población ibérica hacia Italia y Sicilia, y desde allí aún hacia el Mediterráneo oriental. Muy interesantes son también las múltiples referencias mitológicas sobre el origen occidental de ciertos dioses y diosas y de bases fundamentales de legislación. También son notables las afirmaciones sobre el adelantado estado de las observaciones astronómicas y las relacionadas con el calendario en Occidente, y que los griegos recibieron de allí importantes conocimientos en tales ciencias.

Si comparamos la arquitectura del Oriente con sus contemporáneas megalíticas y ciclópeas del Mediterráneo (…) nos inclinaremos a favor de un origen occidental o ibérico.

Ofuscados por el posterior de la cultura greco-romana hacia el Occidente, y el gran adelanto de las investigaciones arqueológicas practicadas con absoluta preferencia en el Mediterráneo oriental, se llegaba a la convicción de que toda la cultura europea tenía su origen en el Oriente, estableciéndose así un verdadero dogma científico, del cual es su más expresivo error la increíble aseveración que supone a los fenicios como procreadores de la cultura ibérica. Pero con las pruebas que aporta el Paleolítico ibérico (…) la situación del cuadro prehistórico experimenta una variación esencial en todos los aspectos.

Por eso se puede entender que la generación pasada de investigadores en el terreno ibérico, salvo pocas excepciones, fuera seducida también por la hipótesis orientalista, que menosprecia las facultades intelectuales del Occidente. Todo lo que aparecía de alguna importancia en el espacio vital de los iberos, se creyó influido, hasta lo más mínimo, por las culturas egipcia y griega, si no importado directamente por los fenicios. Es deplorable que se juzgara la actividad cultural del occidente europeo con un juicio tan devastador. (…) Así mismo, es también extravío la subordinación cronológica de la cultura ibérica …. a los sucesos en el Oriente. (…) Con las pruebas de que la antiquísima Iberia y, con ella, el Occidente europeo, gozaban -ya en épocas remotísimas de la Humanidad-, de una cultura espiritual de suma importancia, cambian de orientación infinidad de cuestiones relacionadas con el pasado.

Rehuso la forma simplista de resolver ciertos problemas de nuestra Prehistoria, apelando a las comparaciones directas con la etnología, por ejemplo, del negro australiano. La vida y la mentalidad de las razas inferiores que viven aún hoy en estado primitivo o volvieron al primitivismo con restos degenerados de culturas más elevadas, no reflejan nunca el intelecto de las razas superiores. Por esto, me parece más adecuado estudiar al europeo primitivo en examen retrospectivo, sondeando el alma del hombre occidental. Así, encontramos las bases intelectuales y los elementos básicos bien conservados en innumerables mitos, cuentos, fábulas, costumbres antiquísimas y, también, en creencias y sentimientos íntimos del hombre actual.

¿Oriente u Occidente? Las opiniones respecto a esta diatriba, oscilan entre el tradicional y dominante orientalismo y los ensayos de conceder también al Occidente el debido y justo aprecio de su colaboración en el desarrollo cultural del mundo antiguo. A favor del Occidente, lucharon en primer lugar Bosch-Gimpera, Much, Penk, Loeher, Krause, Faidherbe, Reinach y Wilke…

Lo que sabemos de antiguas fuentes literarias sobre la vida y cultura de los pueblos ibéricos y germanos, pertenece a épocas muy tardías. Las opiniones de los escritores romanos sobre los Bárbaros del Occidente, están influidas en su mayor parte de la misma arrogancia con que hoy hablan de sus vecinos y propios antepasados, las naciones que han conocido un rápido progreso técnico y económico. Los pocos pero muy importantes relatos sobre una alta y antiquísima cultura de origen occidental, no encontraron la debida consideración. Además, es deplorable que en la vieja Europa las pasiones políticas enturbien todavía el claro entendimiento de los sucesos históricos y prehistóricos.

Europa, en su desmembración política, ha olvidado que su florecimiento brotó de una comunidad racial y cultural inseparables e indestructibles, a pesar de toda disensión particularista. No obstante tantas mezclas de sangre, migraciones de tribus y acontecimientos bélicos, se conservaba el modo de ser y la espiritualidad europea con caracteres propios que se distinguen, evidentemente, de todos los círculos raciales y culturales asiáticos y africanos.

Con gran anterioridad al asombroso desarrollo de la cultura griega y a su subsiguiente despliegue hacia el Occidente, hubo un gran movimiento, perfectamente documentable, del Oeste europeo en dirección al Este. Los portadores de esta evolución fueron las razas mediterránea y nórdica que aún hoy presentan el contingente más valioso y dominante en las zonas del Occidente que ya habitaron desde el Paleolítico.

Me atrevo a pretender que el primer impulso de la arquitectura megalítica de Egipto, llegó del Occidente mediterráneo. En los dólmenes y tumbas más antiguas de Egipto se encuentra, entre los restos humanos, la raza mediterránea tan bien representada como en todos los monumentos megalíticos del Mediterráneo occidental. Y en todo el Norte del continente africano surge una cultura neolítica correspondiente a la ibérica. Y desde las Islas Canarias hasta el Nilo aparecen esqueletos y momias con caracteres europeos. Es digno de mencionar, por otra parte, que la más antigua religión egipcia era monoteísta.

Mientras la mitología egipcia llegó, a base de concepciones plasmadas en objetos concretos, a un politeísmo ilimitado, fundóse la religiosidad ibérica en una alta cosmosofía y en un monoteísmo absoluto. Y así como en el Oriente las escrituras nacieron influidas por la predilección de representar algo material, la escritura ibérica procede, sin duda alguna, del simbolismo abstracto del Neolítico del Occidente.

Indudablemente, el simbolismo egipcio (grabado en las rocas de diorita cercanas a la segunda catarata del Nilo) se presenta en el Occidente europeo con una anterioridad de 5000 años, cuando menos.

Aunque la literatura hebrea está muy influida por la semítica y egipcia, el monoteísmo absoluto de la religión israelita es diametralmente contrapuesto a todo el politeísmo oriental. El reino de Jehová se nos presenta como una isla europea en el Oriente antiguo.

Los primeros alfabetos del Occidente conservaron todavía el carácter de los símbolos y signos religiosos y astronómicos anteriores. Más tarde, el deseo de embellecer las letras y con el progreso de las artes, especialmente la arquitectura, se intenta armonizar el aspecto de las líneas escritas. Aunque los griegos y los romanos crearon en tal sentido estilos peculiares, dudaron ellos mismos del origen autóctono de sus escrituras. Comparando las letras ibéricas, germánicas, británicas, escandinavas, itálicas, griegas y, finalmente, las cretenses y fenicias, incluyendo también las europeas modernas, no queda otra solución que afirmar su origen común y éste no puede ser otro que el remotísimo simbolismo occidental. En capítulos anteriores hemos estudiado el desarrollo de los ideogramas ibéricos hasta los límites de la época glacial.

Conocemos los altos talentos de los pueblos del Occidente por su arte paleolítico, sus grandes facultades espirituales y por sus admirables conocimientos astronómicos, que sobrepujan todo lo que cualquier otro país del mundo pudiera presentar.

Teniendo en cuenta, pues, las conclusiones resultantes de nuestro estudio, debemos reconocer que los habitantes del extremo Oeste de Europa y especialmente de la Península Ibérica, ofrecieron -ya en las épocas más remotas de la Humanidad- valores éticos al mundo antiguo de incomparable importancia y máxima trascendencia. Estos valores forman la base de las insuperables ofrendas culturales que la Europa moderna presta al mundo entero. La gran familia de los pueblos europeos debiera recordar el origen común de su elevada cultura y civilización, a cuyo desarrollo cada una de las naciones europeas dedicaba sus mejores esfuerzos.

Europa es una comunidad racial que se honra a sí misma distinguiendo con el más profundo respeto y gratitud a nuestros remotos antepasados, fundadores del espíritu e idealismo europeos. Pero a la vez, hemos de reconocer sin reservas que el centro más antiguo y fundamental de la cultura europea es el círculo ibérico, con su religión astral y monoteísta.

c. El origen cantábrico de la palabra escritura

Desde antiguo, vengo defendiendo que la escritura nació en la Península Ibérica y que España está sembrada de vestigios de escritura prehistórica, por mucho que muy pocos hayan sido capaces de verlo. Porque nuestros antepasados, que eran particularmente lúcidos, ya habían previsto que la madera y las pieles sobre las que escribían no iban a llegar demasiado lejos. Y de ahí el que convinieran en la necesidad de escribir sobre piedra. De labrar su escritura. De hecho, ahí está la propia palabra escribir, construida sobre la misma raíz que esculpir. Y a la vista está que el término griego eskytale (mensaje escrito sobre cuero) es prácticamente la misma palabra que escultura.

La mayoría de los textos que nos han legado los tiempos prehistóricos, ora yacen enterrados ora han perecido víctimas de la erosión.

Queda sólo, como única evidencia manifiesta, la de los escritos grabados o pintados en las grutas, abrigos, peñas, acantilados o megalitos del antiguo País de Occidente. Léase, de la Península Ibérica y de su apéndice del Sur de Francia. Lo que no es óbice para que, víctimas aún del espejismo asiático, todos los especialistas en la materia sigan devanándose los sesos en el empeño por dilucidar si la cuna de la escritura se encuentra en la India, en Mesopotamia, en Egipto o, incluso, en las islas del Mediterráneo oriental. Y así, en tanto que para unos las primeras letras o pictogramas se modelaron en China, para otros -la mayoría- es incuestionable que la matriz de la escritura se encuentra en el Oriente Próximo. Por supuesto, a nadie se le ha pasado por la cabeza la posibilidad de que la escritura haya podido nacer en Occidente. Bueno, a nadie excepto a tres lingüistas geniales, hoy absolutamente olvidados, llamados Manuel de Góngora, Julio Cejador y Waldemar Fenn. Acabo de referirme a ellos.

W. Fenn, como yo antes de saber de su existencia, comprendió que todas las pinturas y grabados rupestres, paleolíticos, que ilustran las grutas y abrigos ibéricos y galos, tuvieron el carácter de escritura. Por mucho que seamos incapaces de entenderla. De ahí la importancia de descifrar, para siempre, todas esas pinturas y garabatos que los arqueólogos han contemplado, hasta ahora, como simples curiosidades. Porque la identificación del país en el que naciera la escritura puede contribuir poderosamente al esclarecimiento de nuestros orígenes, al caer por su propio peso que el país que inventase la escritura -léase la transmisión de ideas y de conceptos a través de símbolos convencionales- hubo de ser al propio tiempo el que alumbrase la civilización. O, lo que viene a ser lo mismo, el que viera nacer a la primera Humanidad merecedora de tal nombre; a las primeras sociedades humanas netamente racionales o inteligentes.

Una de las dificultades con la que nos enfrentamos a la hora de identificar la cuna de la escritura, es la de la escasa fiabilidad de las dataciones. Porque a la dudosa exactitud de la datación de las piedras o arcillas sobre las que se grabaron los más viejos símbolos, se suma la de que la ancianidad de esos soportes no tiene por qué coincidir necesariamente con la fecha en que se trabajó sobre ellos. Yo puedo coger una teja de hace tres mil años y grabar algo en ella que dentro de trescientos años parecería antiquísimo. Tan viejo como la propia teja. De donde se desprende que, siendo incontestable que el triángulo púbico de la Cueva del Castillo tiene 38.500 años (en razón a que ha aparecido en un nivel del registro exhaustivamente contrastado), esa edad debe ser considerada como la mínima posible.

A pesar de que resulta bastante obvio que la de la escritura es una práctica que los seres humanos realizamos con el concurso exclusivo de nuestras manos, nadie ha caído en la cuenta hasta aquí de la obvia e indiscutible relación existente entre la voz baska esku para denominar a la mano… y la propia palabra escribir… Tampoco se ha comprendido que en la palabra escribir se encuentra, intacta, la raíz del nombre de Iberia… ¿Se debe todo esto a la casualidad?

Para que quede meridianamente claro que la casualidad no ha intervenido para nada en todas estas cuestiones y que la escritura nació en tierras de Iberia, voy a empezar por desvelar uno de los mayores enigmas que nos plantea nuestro pasado: el porqué de la presencia de tantas manos, fielmente reproducidas en los muros de todos nuestros Santuarios rupestres y a las que la Arqueología ha valorado, hasta hoy, como una expresión del pueril primitivismo de sus autores. Porque si les concediésemos más importancia a los autores antiguos y dejásemos de ignorarlos sistemáticamente (como de hecho hace el común de los arqueo-antropólogos), haría ya varios siglos que nos habríamos enterado de cosas como ésta que documentan los viejos chronistas ibéricos: en la escritura etíope el dibujo de una mano extendida significaba libertad

Tengo probado hasta la saciedad que Iberia y Etiopía fueron sinónimos en la Antigüedad, que el país al que hoy se denomina Etiopía jamás fue conocido con este nombre (antes de los Griegos) sino con el de Abisinia y, en fin, que la verdadera Ethiopía a la que se refieren los historiadores antiguos fue el País del Ocaso… en el que el Sol se oculta todas las noches. Y de esto no puede cabernos la menor duda, cuando resulta que la palabra castellana esconder (referida al Ocaso) es hermana de la baska ezkutu -que tiene exactamente el mismo significado- y de la griega skaios que abunda en ese mismo concepto; o cuando vemos que esas dos alusiones obvias al País del Ocaso del Norte de España, se ven refrendadas por el hecho de que los primeros Eskitas o Escitas fueran aquellos que habitaban a orillas del Oceáno Kántabro. Puesto que ellos fueron, en definitiva, quienes dieron sus nombres a Euskadi, a Huesca y a las dos Sierras del Eskudo que encontramos en tierras de Cantabria; así como al Promontorio Escítico que todos los mapas antiguos documentan a orillas del propio mar Cantábrico.

¿Qué tiene que ver todo esto con las manos pintadas en nuestras cuevas? En seguida vamos a descubrirlo.

Los antiguos Etíopes Eskalantes = Eskeletas = Eskitas = Euskaros utilizaron la palabra baska esku -derivada de su nombre- para denominar a las manos… y a la libertad. Nada menos. Y de ahí, obviamente, el hecho de que la pintura de la mano extendida fuera sinónimo de libertad. O el hecho de que de esa misma voz baska esku se haya derivado el término escritura, así como el nombre de los punzones o eskilinbas que se utilizaban para escribir. Luego las manos pintadas en nuestras cuevas, más que manifestaciones artísticas, son escritura químicamente pura y vienen a ser algo así como fotocopias del carnet de identidad del pueblo que las representó. Porque con la plasmación de esas manos –esku, en euskera– estaban proclamando su orgullo de pertenecer al pueblo más libre que jamás haya existido, así como al más antiguo de la Tierra. Pues éste ha sido siempre el título ostentado por la nación Eskita cuyo nombre, como vemos, es homónimo de las palabras baskas esku (mano), esku (libertad) y eskilinba (punzón para escribir).

Una de las pruebas irrefragables que refrendan la maternidad galoibérica sobre el habla y la escritura, nos la aportan precisamente los propios nombres con los que a ambas se designa. Al habla me referiré en otra ocasión y respecto a la escritura, nítido e incontrovertible resulta el esquema que ya he reproducido en varios de mis libros y que vuelvo a reflejar a continuación. Nadie osaría poner en duda que fueron los Eskálibes = Eskalantes = Eskitas = Euskaros = Eskotos (éstos últimos son mencionados por las fuentes británicas como oriundos del Norte de España y como colonizadores de Irlanda y Escocia), quienes acuñaron todos estos conceptos y significados, emparentados entre sí, que reproduzco a continuación. Y con el fin de unificar la ortografía y evitar tener que utilizar tres letras distintas para expresar un mismo sonido, recurro a la k como madre que fue de la c y de la q:

eskalepa >    eskolio, escrito    (romance = castellano)

>    eskolops, cruz con inscripciones  (griego)

>    eskalepa, menhir con inscripciones   (ibérico)

eskulpir (romance)

eskribir (romance)

eskema (romance)

eskarpiaeskoplo,   herramientas para esculpir (romance)

eskarbar >    exkavar    >    kavar (romance)

esklabar >    klabar (romance)

eskytalo cilindros escritos    (griego)

eskudo, utensilio defensivo grabado con símbolos e inscripciones  (romance)

Como hemos visto, el asunto es tan aplastante que no admite controversia posible. Bien, pues no menos contundente resulta lo sucedido con la palabra grabado, término cuyas dos versiones más antiguas aparecen justamente en la lengua castellana: garabato y galimatías. Con la particularidad añadida de que estas dos palabras castellanas resultan hallarse emparentadas con todas aquellas que acabo de enumerar. Y es que los Eskálibes o Cálibes respondieron también a los gentilicios de Caribes, Carabantes o Garabantes. Lo que viene a refrendar el rigor y la ancianidad de la tradición que -a tenor de lo que se deduce de todas estas palabras- atribuía a estos pueblos cantábricos la invención de la escritura. Júzguese, si no, a partir de todas estos términos, estrechamente vinculados entre sí:

gallanbaza

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galimatías (romance = castellano)

garrapato, letras o signos torpes     (idem)

garabato, rasgos mal trazados (idem)

grabado (idem)

grafos gráficos (griego)

gramatos >   gramática (griego)

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calabaza = calavera    >    caletre, inteligencia   (romance)

calimbo, marca                                                         (idem)

columba =  columna, utilizadas antaño para realizar inscripciones

cálamo, pluma de ave para escribir

calabo >  clavo, punta incisiva para grabar

cárabe, ámbar; material apreciadísimo para modelar figuras o efectuar

inscripciones de carácter sagrado

cara(b)íta, intérprete estricto de las Escrituras

Aparecen en este esquema, como vemos, por una parte ciertas palabras directamente relacionadas con la escritura y, por otra, varias más que designan a antiguos soportes, objetos o materiales sobre los que se realizaban inscripciones o escritos. Tal es el caso de las columnas, cuyos fustes servían para reproducir gestas y anales históricos (recordemos la Columna de Trajano; curiosamente, un español). O el de las calaveras, preciadísimas en la Prehistoria en su calidad de trofeo y que fueron habitualmente utilizadas como cálices o copas para las ceremonias. Y es fácil deducir que si en una época posterior la superficie de los cálices solía decorarse profusamente con toda suerte de grabados y dibujos, fuese esta costumbre una mera prolongación de otra mucho más remota en la que eran los cráneos o calaveras de los antepasados o de los enemigos vencidos en combate, los que fueran objeto de inscripciones y de decoraciones similares. De diseños que, muy posiblemente, se realizarían con tintas o incluso con sangre, utilizando como instrumento plumas de ave o… cálamos.

El esquema que acabo de reproducir se me antoja, como mínimo, impresionante. Por lo que expresa y también por lo que entraña, evidenciando hasta qué punto es extraordinariamente antigua la lengua castellana. Porque aunque aceptásemos que gramatos fuera una voz griega que no tenía su paralelo en el habla ibérica (supuesto que tengo por disparatado), siempre estará ahí la palabra garabato, morfológicamente más antigua que gramatos, para probar y documentar el sustrato ibérico de la lengua griega, así como la mayor ancianidad de la lengua ibérica de la que es hija el castellano.

Pero si impresionante es cuanto antecede, no lo es menos el hecho de que al calor de esa misma raíz y en el seno de esa misma prolífica familia de términos del lenguaje, se integren todas estas voces que voy a enumerar a continuación y a las que vincula su relación con cualquier tipo de instrumento cuyo carácter punzante o incisivo le hace útil para sujetar o para agarrar objetos. Así pues y siempre a partir de la misma radical de la que partíamos en el esquema precedente, vamos a descubrir esta fascinante parentela de palabras montañesas o protocastellanas:

garabasta, arista de los cereales

garabeta, taco de madera rematado con alfileres

garabitu, objeto o miembro erecto

garfañar, dar zarpazos

garfallar, coger de un zarpazo

garfaña, zarpa

garfio,               utensilio punzante

garruñar, arañar

garrapilla, coger algo disputándolo

gurrufalla, gente rahez

gurrir, soltar el ancla

garranga, anzuelo

garra,               que posee uñas agudas

garrabera, zarzamora con pinchos

garrancha, especie de garfio o gancho

garrancho, punta aguda de un tronco o rama

garrocha, vara con un arpón

garrote, palo grueso rematado con un clavo

garrochón, rejón

garrón, espolón de un ave

Así se ha formado el lenguaje humano y no, como se piensa, a partir de los préstamos de palabras entre unas lenguas y otras. O, mucho menos aún, de ficticias colonizaciones idiomáticas como la supuestamente protagonizada por la lengua latina.

Con la inclusión de este apartado sobre el origen de las palabras escrito y grabado, he querido demostrar que la prueba más incontrovertible de que la escritura nació en el litoral cantábrico, nos la proporciona el hecho de que dichas palabras tengan su origen en él. Y si, además, resulta ser la propia Cantabria la región en la que descubrimos las primeras manifestaciones de escritura, decenas de miles de años más antiguas que las encontradas allende, entiendo que a partir de dos pruebas tan colosales, no nos queda otra alternativa que la de rendirnos definitivamente a la evidencia de que la escritura y, con él, el lenguaje, tuvieron su cuna a orillas del Cantábrico. Como vulgarmente se dice, el asunto no tiene vuelta de hoja. Porque la prueba más demoledora de que lenguaje y escritura nacieron en el Norte de España, aun siéndolo enorme, no lo es el hecho de que sea en esta región en la que aparecen las primeras manifestaciones escritas. La verdadera prueba del nueve de que esas dos cruciales innovaciones humanas fueron gestadas por los remotos pobladores del litoral Cantábrico, nos la ofrece el hecho de que los términos para designar a esos dos prodigiosos avances de la Humanidad, nacieran también en ese mismo contexto geográfico del Norte de la Península Ibérica.

d. Los verdaderos padres de Europa

He escrito en numerosas ocasiones y vuelvo a hacerlo una vez más, que el único historiador pretérito que estuvo a punto de identificar la verdadera cuna de la Humanidad inteligente, fue el francés Moreau de Jonnés. Él fue el primero y el único -antes de que yo lo hiciera un siglo más tarde- en haber comprendido con nitidez que la cuna de nuestra especie se hallaba en el antiguo Extremo Occidental del mundo conocido. Sin embargo, era tal el peso que el dogma escita conservaba todavía en su época que, incapaz de aceptar que pudiera haber existido una nación escita más antigua que la eslava, el clarividentísimo Moreau se obstinó en demostrar que el final de la Tierra había sido uno de los apéndices orientales del Mar Negro. Acertó en lo más difícil y erró en lo más sencillo, por eso rindo y rendiré siempre homenaje a la memoria de este brillantísimo investigador francés que, de haberse rendido a la evidencia de que el único Extremo de la Tierra conocido como tal en la Antigüedad fue el ibérico que él tenía tan próximo, habría sido, sin la menor duda, el descubridor de los orígenes de la Humanidad racional.

Moreau de Jonnés puso su sustantivo grano de arena al edificio de la recuperación de la memoria perdida de la Humanidad, del mismo modo que otros sabios europeos contribuyeron a ese mismo empeño, con facultades y aportaciones muy distintas pero cuyo denominador común ha sido siempre el irrenunciable afán por conocer la verdad y el deseo de brindar esa inapreciable contribución al progreso del conocimiento humano. Por todo ello y como quiera que todos esos investigadores han compartido un ideal común que sólo admiración merece, quiero aprovechar estas páginas para rendir mi enésimo homenaje a todos ellos y para darles a conocer a quienes, por no haber tenido acceso a mi obra hasta la fecha, no tienen noticia alguna de su existencia. He aquí los nombres de los más importantes:

Cueva de las Monedas

“Las Cuevas de las Monedas en Puente Viesgo”

Eduardo Ripoll Perelló, Barcelona 1972

Juan Parellada de Cardellac, Juan Fernández Amador de los Ríos, José Pellicer de Ossau, Oscar Vladislav de Lubish Milosz, Waldemar Fenn, D´Iharce de Bidassouet, D´Arbois de Jubainville, Louis Charpentier, Juan de Caramuel y Lobkowitz, Padre Francisco Sota, Andrés Giménez Soler, Gregorio López Madera, Fray Gregorio de Argáiz, Fray Juan Annio de Viterbo, Jerónimo Arbolanche, Manuel de Góngora, Imanol Aguirre y Julio Cejador.

De la existencia y de la obra de todos estos nombres he ido sabiendo con posterioridad a la concepción de mis tesis y de la publicación de mis primeros libros, habiendo sido mis propios lectores quienes me han facilitado copias de algunos de los suyos. A todo ello me refiero en los párrafos que siguen, en los que dejo constancia de las personas a través de las cuales conocí a todos esos autores y, en los casos en que lo recuerdo, de las fechas en que me entregaron las fotocopias de sus libros:

Juan Parellada de Cardellac: mi octava hija, Olibia, adquirió el único título que conozco de este autor –La lumière, vint-elle d´Occident?- en una librería de Salamanca en la que, en aquel momento, se vendía mi libro Tartesos, versus Ebro. Hacia el año 1998.

Juan Fernández Amador de los Ríos: en el curso de un ciclo de conferencias organizado por mí en Zaragoza –El río Ebro y los orígenes de Iberia– un amante de nuestra historia que asistió a todas las conferencias, Agustín Serrate, se acercó a mí al finalizar una de ellas y me mostró un opúsculo de este autor del que más tarde me facilitó fotocopia. Fernández Amador de los Ríos fue un ilustre catedrático aragonés, miembro además de la Real Academia de la Historia. La coincidencia de sus tesis con las mías, en lo que se refiere a la primogenitura histórica de la Península Ibérica, eran flagrantes. Corría el año 1991. Mucho más tarde -año 2000– el que fuera mi colaborador, Jorge Díaz, descubriría otras obras fundamentales de este autor en la Biblioteca Nacional, facilitándome copia de una de ella.

Oscar Vladislav de Lubish Milosz y Waldemar Fenn: en el curso de ese mismo ciclo de conferencias, uno de los escritores a los que invité a participar en el mismo, Luis Racionero, me mostró sendos libros descubiertos por él y que me permitió fotocopiar. A Waldemar Fenn acabo de referirme hace un momento y en cuanto al lituano Milosz, escribió un opúsculo clarividente titulado: Les origines ibériques du peuple juif.

José Pellicer i Ossau: supe de la existencia de este antiguo cronista regio, que como muchos otros pero con mayor fundamento y mejores argumentos defendió la localización de la Atlántida en España, en la investigación historiográfica que llevé a cabo en la Biblioteca Nacional de Madrid, aproximadamente entre los años 1985 y 1989.

D´Iharce de Bidassouet: abate francés al que descubrí también en la Biblioteca Nacional. El título de su obra, publicada en París creo recordar que en el año 1825, me hizo dar saltos de alegría: Histoire des Cantabres ou des premiers colons de toute l´Europe. Aunque el título tiene una coletilla que viene a decir más o menos, traducido en castellano: o de los Bascos, sus descendientes directos que todavía existen. En este curioso libro puede leerse un párrafo inapreciable en el que se afirma que algunos historiadores coetáneos de D´Iharce sostenían que todos los dioses y mitos de Griegos, Egipcios, Fenicios y Romanos procedían de Cantabria.

D´Arbois de Jubainville y Louis Charpentier: ambos llegaron a mi conocimiento a través de José Mª de Areilza. Hacia el año 1988. La obra del primero, Les premiers habitants de l´Europa, la había heredado Areilza de la biblioteca de su padre. D´Arbois llevó a cabo una ímproba labor de recopilación de textos históricos griegos, en la que hemos bebido innumerables investigadores europeos. Sólo por el rigor y el acierto con que se consagró a esa difícil tarea de rescatar del olvido multitud de testimonios históricos que permiten reconstruir la Protohistoria europea y probar la primogenitura de Iberia, merece este historiador francés el reconocimiento y el homenaje de todos los Europeos. De nada de todo esto ha gozado, sin embargo, y éste es el momento en que ni los propios Franceses se acuerdan de su existencia. Lo que no es el caso de Louis Charpentier científico francés harto más moderno y conocido que el anterior. Tras estudiar al pueblo basko desde prismas muy distintos, Charpentier llega a la lúcida conclusión de que se trata de uno de los más antiguos de Europa.

Juan de Caramuel y Lobkowitz: en un libro de este autor, que descubrí también en la Biblioteca Nacional, se decía textualmente que el Paraíso Terrenal había estado situado en España, en Castilla. Aunque el maestro Caramuel se lo lleva nada menos que a una población andaluza: Ademuz. Caramuel anuncia en este libro que ha escrito o va a escribir otro dedicado exclusivamente a este asunto, intitulado Babilonia. Jamás he logrado dar con ese, sin duda, interesantísimo libro. Me temo que si llegó a escribirlo, la Inquisición se encargaría de hacerlo desaparecer. Localizar el Paraíso en España, cuando corría el siglo XVII, suponía una herejía en toda regla. Porque, de ser cierta esa tesis, todo el contenido de la Biblia estaría equivocado. Juan de Caramuel era reconocido como uno de los hombres más sabios de la Europa de su tiempo.

Padre Francisco Sota: historiador del siglo XVII y autor del libro Chrónica de los Príncipes de Asturias y de Cantabria. Supe de la existencia de este antiguo chronista en 1986 y a través del alcalde de Potes. Alguien que comprendió que el contenido de esa obra suponía un refrendo monumental para mis tesis, se la prestó para que me la hiciera llegar. Fue el primer libro en el que vi palmariamente corroboradas mis tesis y el que me decidió a iniciar una investigación en profundidad en la Biblioteca Nacional, en busca de obras similares.

Andrés Giménez Soler: catedrático e historiador nacido en Zaragoza el año 1869. En su libro La Península Ibérica en la Antigüedad, arremete con enorme dureza contra la tesis de la filiación latina de las lenguas romances y, en particular, del castellano. Todas las razones que aduce coinciden, asombrosamente, con las que yo he venido exponiendo y defendiendo desde el año 1984. Un querido lector, el médico Carlos de Lario, me proporcionó una copia de este libro en el año 2001.

Gregorio López Madera: miembro del Consejo de Castilla en el siglo XVI, defendió con ardor y erudición el disparate que supone la afirmación de la latinidad de la lengua castellana. Sólo un tonsurado andaluz de su época arremetió contra él, basándose en la autoridad de todos los Doctores de la Iglesia que, por razones fáciles de entender, asentaron la aberración científica que supone pretender que la lengua latina haya sido madre de lengua alguna. Mi encuentro con este clarividentísimo castellano del siglo XVI se produjo, también, buceando en los ficheros de la Biblioteca Nacional.

Fray Gregorio de Argáiz: este clérigo del siglo XVII -de cuya existencia supe merced a mis indagaciones en la Biblioteca Nacional-, tuvo el arrojo de publicar un antiguo Chronicón español, recogido por un monje alemán afincado en Sevilla. Me refiero al denostadísimo Hauberto Hispalense, bestia negra de todos los historiadores españoles de los siglos precedentes, incluido el nada lúcido Julio Caro Baroja que, en los últimos años de su vida, emprendió una desquiciada cruzada contra él. Bueno, en realidad era contra mí, que lo había rescatado del olvido. El Chronicón de Hauberto de Sevilla es un auténtico monumento bibliográfico y si ha sido tan vilipendiado es porque pueden leerse afirmaciones en él -como la de que antes de Moisés ya había Judíos en España– que echaban absolutamente por tierra todo cuanto afirmaban los libros sagrados. Precisamente porque se hacía eco de tradiciones remotísimas que ponían en solfa innumerables verdades sagradas, el Chronicón del Hispalense ha sido víctima, durante siglos, de la mayor persecución sufrida nunca por libro alguno. Por lo menos en España. Y sin embargo, ahora se confirma que todo cuanto se recoge en esa obra era rigurosamente auténtico, con independencia de que, en su mayor parte, sea mitología químicamente pura.

Fray Juan Annio de Viterbo: no he sido muy exacto al señalar a Hauberto de Sevilla como la bestia negra de todos los historiadores españoles de los siglos precedentes. Porque tantos o más denuestos que este monje alemán (o quien tras su identidad se escondiera…) ha recibido en Europa este otro monje italiano, autor de una Chrónica de los orígenes de la Humanidad a la que distinguiera con el nombre de un supuesto sacerdote caldeo, Beroso de Babilonia, que tengo fundadísimas razones para afirmar que no ha existido jamás. Al igual que Hauberto, fray Juan Annio se limitó a dar a la luz todo un cúmulo de noticias histórico-mitológicas que, transmitidas de generación en generación, debieron llegar a sus manos en un viejo manuscrito similar a los utilizados por el monje alemán, por el Maestro Caramuel, por el Padre Sota, muy posiblemente por Pellicer i Ossau y, sin la más leve sombra de duda, por el poeta al que voy a referirme a continuación. Descubrí a Annio en la Biblioteca Nacional en los años en que era más intensa mi relación con José María de Areilza y fue tanto lo que al Conde de Motrico le impresionaron las noticias históricas transmitidas por el monje italiano, que no paró hasta conseguir un ejemplar de su obra, del que -como acostumbraba a hacer- me facilitó la correspondiente fotocopia. Recuerdo bien los comentarios de Areilza, indignado como yo ante el hecho de que los críticos tildasen de falsario a un monje como el de Viterbo que nada menos que dedicó su obra a los Reyes Católicos. ¿En qué cabeza humana cabe que un fraile se inventase una historia de los orígenes de la Humanidad y se la dedicase a los monarcas más poderosos de la Tierra? Monarcas que poseían conocimientos mucho más profundos de lo que imaginamos, sobre todo de cuestiones relacionadas con los orígenes -más mitológicos que históricos- de España y de Europa. Ellos y sus propios consejeros y maestros. Por eso resulta pueril pensar que Isabel de Castilla y Fernando de Aragón iban a ser tan beocios como para aceptar como auténtica una obra apócrifa que versaba sobre asuntos que les eran enormemente familiares. Y mucha mayor estulticia cabría atribuir al propio monje italiano en el supuesto de que hubiese inventado su Chrónica, puesto que sabedor de los conocimientos de los destinatarios de su obra, no podía ignorar que su fraude iba a ser inevitablemente descubierto, con las funestas consecuencias que para él se habrían derivado de ello. José María de Areilza y yo compartíamos este mismo criterio y nos asombrábamos de la ausencia total de sentido común de la que hacen gala la mayoría de quienes se postulan como historiadores. Con independencia de que basta tener unos mínimos conocimientos de Mitología para constatar y corroborar la autenticidad de la totalidad de la obra del italiano Annio de Viterbo, sin la menor duda el chronista más vilipendiado de todos los tiempos.

Jerónimo Arbolanche: jovencísimo y brillante poeta de La Ribera nabarra que, allá por el año 1566, dio a la luz en su Tudela natal un libro de un valor incalculable: el Poema de las Habidas. Basándose en tradiciones históricas del Norte de España que, lamentablemente, o no han llegado hasta nosotros o permanecen olvidadas en cualquer biblioteca, el bisoño Arbolanche compuso un extenso poema en el que se limitó a transcribir multitud de datos respecto a la antigua Tartesia ibérica. La misma a la que los Griegos mediterráneos bautizaron como Tartessos, localizándola, disparatadamente, en la actual Andalucía. Sin embargo, del contenido de la obra de este poeta tudelano se desprende, incontrovertible, la evidencia de que Tartesia había estado situada en la región de las fuentes del río Hebro…0 Tartasia. Río a cuyas orillas escribió su obra Arbolanche. Se da la circunstancia de que mi adquisición por correo de una edición facsimilar del Poema de Las Habidas se produjo pocos meses después de haber publicado mi libro Tartesos versus Hebro en el que, justamente, defiendo con multitud de argumentos científicos que Tartasia fue uno de los nombres de la antigua Kantabria, identificada en la Antigüedad como el final del mundo conocido. Aunque el libro de Arbolanche que venía a refrendar todas mis tesis tartésicas, no es el único a través del cual se han filtrado noticias sobre la primera civilización de la Humanidad: la historia de El Caballero Cifar, considerada como la primera novela en castellano, se desarrolla también en el reino de Tartesia.

Manuel de Góngora: supe de la existencia de este polígrafo andaluz que se postula como el primero en haber estudiado la más remota escritura de la Península Ibérica, a través de mi lectora belga Dominique Rousseau, viajera y gran conocedora y amante de las cosas de España. Descubrió este libro en un viaje por Andalucía, por los años del cambio de milenio.

Moreau de Jonnés: por último, supe de la existencia de este erudito francés en una librería de Madrid más o menos especializada en libros esotéricos y extraños. Cosa curiosa, porque su libro Los tiempos mitológicos no tiene absolutamente nada ni de lo uno ni de lo otro. Compré este libro en los años en que viajaba con frecuencia a Madrid, desde Valladolid, con el fin de entrevistarme con José María de Areilza y de frecuentar la Biblioteca Nacional en busca de obras antiguas que versasen sobre los orígenes de la civilización.

Uno de mis mayores orgullos como investigador de la génesis de nuestra especie, habrá sido el de lograr reunir y rescatar del olvido a toda esa relativamente extensa relación de sabios europeos que -en el decurso de los últimos cinco siglos y a pesar de sufrir todos los condicionantes que sobre el ejercicio intelectual libre e independiente imponía su difícil época- tuvieron la lucidez y el valor de defender tesis históricas que contradecían profundamente los conocimientos y, lo que es peor, los dogmas por entonces consagrados. Nunca hasta ahora se había sabido de la existencia de esta auténtica Escuela de Historiadores europeos. Sólo se sabía de la existencia de algunos de esos nombres y, en cualquier caso, jamás se había ni siquiera intuido que pudieran haber sido tantos ni, muchísimo menos, que fueran tan estrechos los lazos que existían entre todos ellos.

Todos esos investigadores que he enumerado -y algunos otros que sin duda ha habido y de los que aún no tengo conocimiento- configuran la más importante corriente intelectual que jamás haya existido. Y su valor y mérito es tanto mayor cuanto que los descubrimientos genéticos que ahora empiezan a prodigarse, han confirmado el extraordinario acierto de todos esos Europeos a los que algún día la Humanidad -o, por lo menos, Europa– rehabilitará y rendirá el homenaje que merecen… y que hoy reciben en su lugar multitud de individuos mediocres que no le han aportado absolutamente nada ni a la civilización europea ni al mundo.

La conclusión que se desprende de este extenso comentario que, plenamente consciente de su importancia, he querido dedicar a los precursores de algunas de mis tesis históricas y filológicas, es la de que, aunque enterrada por el tiempo, por la amnesia humana y por los intereses de las naciones triunfadoras que han escrito la Historia a su capricho y conveniencia, la verdad histórica sobrevive a despecho del tiempo en una suerte de estado vegetativo que se parece mucho al que conocen aquellas semillas que eclosionan después de permanecer enterradas durante años, en espera de recibir la humedad que las fecunde. Algo semejante ocurre con la verdad histórica que, aunque enterrada, olvidada y, por ende, inadvertida para el conjunto de los seres humanos, es intuida en mayor o menor grado por un insignificante número de individuos de cada generación, dotados de la percepción y de la intuición necesarias y a los que el conjunto de la sociedad acostumbra a etiquetar como visionarios. Lejos de ser tales, lo que caracteriza a estas personas es el hecho de poseer la capacidad intelectual necesaria para ver más allá de lo que los intereses mezquinos de algunos, la fuerza de gravedad de la ignorancia y la erosión del tiempo se empeñan en que veamos. Y que hay algo de genético en todo este asunto, lo confirmaría el hecho de que nadie que no sea europeo ha sido capaz de vislumbrar absolutamente nada de cuanto atañe a los orígenes del ser humano y de la civilización, orígenes que -como al fin se está probando- se desarrollaron en el extremo sudoccidental del continente europeo. Es decir, justamente en ese ámbito de Europa del que somos hijos la mayor parte de los investigadores que hemos rescatado del olvido la historia perdida de nuestra especie.

  1. basque barça fan
    5 marzo, 2012 en 22:30

    ahora entiendo porque ahy tantos ejpañoles que envidian y odian a los sagrados y avanzados vascos…..juas gentuza desagradecida

  2. Marcelo
    2 mayo, 2014 en 19:08

    mi familia es vasco francesa y ha tenido una supersticion bastante relacionada a lo que has sacado a relucir,segun contaron mis ancestros los primeros cuentos,fabulas y demas leyendas provienen del reino de adan,ademuz y los recitados o cantados de tartesia o cantabria…me llama poderosamente la atencion la estrecha relacion en raices de palabras contemporaneas como las antiguas eskulpyr y eskribir,pero no se porque tambien me viene a la mente “deskubrir” como el significado en comun en las primeras civilizaciones…

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