Primeras evidencias pensamiento simbólico

La Escritura nació en Cantabria, más de 30.000 años ANTES que en Mesopotamia

Jorge Mª Ribero-Meneses

La primera palabra conocida, grabada sobre piedra en la Cueva del Castillo, tiene 38.500 años de antigüedad

Las primeras evidencias de pensamiento simbólico

Antes de seguir adelante con mi exposición, considero obligado ceder la palabra a Victoria Cabrera y a Federico Bernaldo de Quirós, directores de las excavaciones que con resultados cada vez más extraordinarios vienen realizándose en ese impresionante filón arqueológico que responde al nombre de Cueva del Castillo. He aquí, pues, cuanto ambos escriben en el reportaje de N.G. que me ha permitido identificar la primera palabra del lenguaje humano que hasta la fecha nos es conocida. Significativamente y como si hubieran intuido mi descubrimiento, los dos arqueólogos citados encabezan su artículo con el elocuente y premonitorio título de… Hacia una mente simbólica:

Las excavaciones realizadas (en la Cueva del Castillo) a principios del siglo XX por Hugo Obermaier y Henri Breuil, bajo los auspicios del Instituto de Paleontología Humana de París, ofrecieron una amplia y completa secuencia estratigráfica de todo el paleolítico medio y superior, la mayor de Europa.

Las excavaciones realizadas desde 1980 se han centrado especialmente en una etapa crítica para la Humanidad, la que abarca los últimos neanderthales y la llegada de los humanos modernos. A lo largo de los últimos veinte años se han investigado los vestigios de hace entre 50.000 y 36.000 años. En esta franja cronológica se observan las primeras muestras de mentalidad simbólica. En un nivel de ocupación neandertal de unos 50.000 años de antigüedad, apareció un canto de cuarcita tallado, en cuyo córtex se aprecian cinco cavidades rítmicas, realizadas intencionalmente y sin utilidad práctica alguna.

Unos 10.000 años más tarde, otro grupo humano abandonó el extremo de un hueso largo utilizado como cincel, que presenta en el borde izquierdo una serie de trazos cortos, realizados con buril y repetidos rítmicamente. Por último, el nivel auriñaciense de hace 38.500 años, está proporcionando al equipo de excavación auténticas joyas de arte mueble de una antigüedad insospechable.

Estos avances humanos, tímidos pero seguros, coinciden también con el inicio de la expresión simbólica. Así lo atestigua el hallazgo que tuvo lugar en 2001, en las capas de 45.000 a 50.000 años de antigüedad, de un artefacto de cuarcita en el que se habrían practicado cinco pequeños impactos cincelados, o cúpulas, cuatro alineados y uno opuesto, claramente intencionales y con una estructura rítmica. Curiosamente, en el nivel 20c, de hace unos 45.000 años, se halló un premolar de neandertal adulto entre restos de cenizas y carbón, residuos de hogares de más de un metro de diámetro.

En el nivel 18c, correspondiente al auriñaciense (…) han aparecido motivos simbólicos sobre un pequeño fragmento de cincel y sobre un hueso. Varias dataciones de las muestras recogidas en las distintas campañas, a profundidades diferentes y en puntos diversos, ofrecieron un promedio de 40.000 años de antigüedad, la fecha más antigua para el comienzo del paleolítico superior en Europa occidental. Las primeras dataciones, publicadas en 1989, inauguraron un apasionado debate científico que todavía sigue abierto en nuestros días, ya que hasta esa fecha la comunidad científica situaba el inicio del paleolítico superior en Europa hace sólo entre 35.000 y 30.000 años.

(En el nivel correspondiente a los 38.500 años) salieron a la luz tres dientes de dos individuos infantiles de diferente edad, de atribución incierta y dos piezas de arte mueble con grabados muy definidos. Una de ellas constituye un descubrimiento excepcional por su rareza: se trata de un hueso de ciervo con el cuarto delantero de un cuadrúpedo grabado y tal vez pintado. Por la datación media del nivel, se trata de la primera muestra de arte naturalista en Europa occidental. La otra pieza, que parece tener una simbología femenina, es un segmento de arenisca recortado en forma triangular y en el que aparecen grabadas una serie de líneas profundas que parecen representar el sexo femenino. Este tipo de representaciones se encuentran en antiguos paneles de arte rupestre.

Hasta aquí Victoria Cabrera y Bernaldo de Quirós, a los que no rebatiré en esta ocasión respecto a sus tesis sobre la procedencia asiática del hombre moderno y sobre el papel desempeñado por el hombre de Neanderthal en el remotísimo enclave sagrado de Puente Biesgo. Eso sí, no quiero dejar de aconsejarles prudencia a la hora de repetir las tesis que hasta aquí han venido circulando en relación con la verdadera procedencia de nuestros auténticos antepasados racionales. Porque la Genética ha dejado ya rotundamente establecido que aquellos primeros homo sapiens cuya cuna vengo situando a orillas del Cantábrico desde el año 1984 y a los que yo prefiero denominar hombres occidentales, tuvieron efectivamente su más antiguo solar conocido en el litoral de Cantabria y de su vecina Euskadi. Y lo que la Genética certifica, lo confirman los estudios sobre el origen del lenguaje que demuestran que las raíces de todas las lenguas del planeta se hunden, igualmente, a orillas del antiguo Océano Kántabro. La misma conclusión a la que nos conduce el hecho de que las más excelsas manifestaciones artísticas que nos ha legado el hombre de la Prehistoria, se concentren entre el Norte de España y el Sur de Francia. Porque, aunque muchos no parecen haberse enterado todavía, Altamira no está donde está por casualidad… Y a todos esos argumentos se suman, además, los que nos aportan las más viejas noticias históricas conservadas por la Humanidad, unánimes a la hora de localizar el origen de la Humanidad en el antiguo Occidente o Extremo del mundo conocido. Aunque éste es capítulo cuyo desarrollo requeriría de mucho más espacio del que aquí disponemos y al que, de hecho, llevo consagrados ya varias decenas de libros, escritos en el decurso de los últimos años.

En el último de los párrafos que acabo de reproducir, Victoria Cabrera y Bernaldo de Quirós sostienen que el hueso de cérvido en el que aparece grabado el cuarto delantero de un cuadrúpedo, es la primera muestra de arte naturalista en Europa occidental. Y tienen razón, aunque no solamente de Europa occidental sino de todo el planeta, ya que ninguna de las figuritas de ánades que han sido descubiertas en Alemania y en Siberia y que comparten edades muy similares a los hallazgos realizados en la Cueva del Castillo, han ido a aparecer en yacimientos ni remotamente comparables a éste, ni en antigüedad ni en potencial de sedimentos. Quiero decir con esto que así como el carácter autóctono de los moradores del Monte Castillo, a lo largo de toda la Historia, se halla fuera de toda duda, sería arriesgado atribuir esa misma condición indígena a los autores de las figuritas de aves acuáticas exhumadas en tierras germanas y siberianas. Porque al no poder probarse la existencia de asentamientos humanos de larga duración (como sucede en Puente Biesgo y, en general, en todos los yacimientos cantábricos), estamos autorizados a pensar que todas esas primeras manifestaciones de arte mobiliar que aparecen en diferentes áreas de Europa y de la propia Rusia asiática, ora fueron ejecutadas por pueblos viajeros originarios de tierras muy distantes de las zonas en las que se producen estos hallazgos, ora se trataba de piezas que acompañaban a aquellos emigrantes en sus empresas de colonización, sin que nada impida pensar que pudieran haber sido talladas o modeladas en sus lares de procedencia. Por ellos mismos o por artistas que jamás se movieron, masivamente, de ellas.

Existen poderosas razones que inducen a pensar que muchas de las piezas de arte mueble que aparecen, aquí o acullá, por la geografía europea, podrían formar parte del ajuar o pertrecho de viaje de las gentes originarias del Occidente que acometieron la ímproba empresa de colonización del continente euroasiático. Y digo esto porque es muy significativo que la única modalidad artística que no es exportable, la pintura rupestre, tiene su feudo por antonomasia en el Norte de España y en el Sur de Francia. Léase, en el área cantábrico-gala en la que se concentra el mayor número de manifestaciones artísticas creadas por el hombre de la Prehistoria y en la que, indiscutiblemente, se encuentra la cuna de la civilización. El carácter autóctono de los cromagnones del litoral cantábrico y de su prolongación oriental del Sur de Francia, se halla fuera de toda duda. Por la enorme cantidad de yacimientos, por su gran antigüedad y porque en la mayoría de ellos podemos documentar vestigios de ese único arte no exportable que son las pinturas rupestres. Fuera de este contexto, las pinturas brillan por su ausencia, los yacimientos igualmente y los registros arqueológicos no tienen comparación posible, por lo que a su densidad y riqueza se refiere- con los de la Galia meridional y la Iberia septentrional.

La conclusión que se desprende de todo cuanto antecede se me antoja absolutamente obvia: las gentes de la región franco-cantábrica eran autóctonas; las de allende, foráneas, extranjeras. Su arte viajaba con ellos, no brotaba del sustrato cultural de las tierras en las que aquellos pueblos viajeros fueron asentándose. Algo parecido, para entendernos, a lo que aconteciera cuando España afrontó la colonización de América, sembrando dicho continente de monumentos y obras de arte gestados por Españoles o Europeos o bien por los descendientes de éstos, herederos de su maestría y de su técnica. Ninguna de esas maravillas y tesoros artísticos serían imaginables si no se hubiera producido la colonización ibérica de América, del mismo modo que ninguno de los tesoros arqueológicos que poco a poco van viendo la luz en suelo europeo, serían imaginables si no se hubiera consumado el poblamiento de la desértica Europa glacial, por parte de gentes llegadas del cultísimo, fertilísimo y archipoblado Occidente.

Con razón escribiría -lúcidamente y hace ya muchos años- el profesor Pericot: Nuestros ancestros nos han dejado algo que todo el Oriente no nos puede arrebatar. El privilegio de haber creado el primer arte de la Humanidad.

Y con la misma clarividencia que Pericot, se expresa el también historiador Francisco Jordà Cerdà, cuando escribe en su obra La España de los tiempos paleolíticos:

Casi es seguro que Europa fue colonizada desde nuestra Península.

Todo esto se escribía hace décadas, cuando ya el más elemental sentido común estaba proclamando a voz en grito que la Civilización había tenido su cuna en la Península Ibérica. Pero nadie hizo ni caso de estos destellos de lucidez y los por lo común anodinos hallazgos arqueológicos efectuados en el Cercano Oriente, han seguido deslumbrándonos, impidiendo que fuéramos capaces de mirar mucho más lejos, pudiendo llegar a distinguir el resplandeciente foco que estaba anunciando la primogenitura histórica de la Península Ibérica. Foco que, a pesar de no haber dejado de irradiar sobre la comunidad humana desde hace milenios, ha venido pasando inadvertido para todos hasta que un buen día, Jueves Santo, del año 1984, estalló en mi mente en las horas que preceden al amanecer.

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