Una “A” con 38.500 años


La Escritura nació en Cantabria, más de 30.000 años ANTES que en Mesopotamia

Jorge Mª Ribero-Meneses

La primera palabra conocida, grabada sobre piedra en la Cueva del Castillo, tiene 38.500 años de antigüedad

Una “A con 38.500 años

Si observamos con atención el segmento de piedra arenisca descubierto en la Cueva del Castillo, veremos que lo que aparece grabado en el centro del mismo es una A como las que acabamos de reconocer en manifestaciones artísticas infinitamente más modernas. Más modernas, sí, pero que tienen el denominador común con ella de encerrar referencias inequívocas al nacimiento de la vida. Es decir que cuando acabamos de encontrarnos en Galicia con un triángulo de piedra que representa al Autor de la Vida y en el que aparecen labradas una A y una V fundidas del mismo modo que suele estarlo la salutación pía AVe María, vemos que la A aparece, obvia, en este grabado de 38.500 años de antigüedad, en tanto que la V resulta no menos patente, al ser el marco dentro del cual la A ha quedado bella y elocuentemente encuadrada. Tenemos, pues, la A y la V. Sólo nos falta la O, léase el círculo. Bueno, eso de que nos falta es sólo un decir, porque el autor de esta auténtica maravilla ha querido dejarnos muy claro que el triángulo en el que él estaba pensando, no sólo representaba el sexo de la mujer, sino también, y sobre todo, a la Diosa Solar de la que se suponía hija a la primera pobladora de nuestro planeta. No es el triángulo púbico, pues, de una mujer indeterminada el que el artista de la Cueva del Castillo reproduce. En absoluto. El sexo en el que este antiquísimo escultor-escritor está pensando, es el de la Diosa Madre Solar de la que, como todos los seres humanos a lo largo de la Prehistoria y de la Protohistoria, se consideraba hijo y descendiente.

Es cierto que el autor del triángulo púbico de El Castillo no ha grabado un círculo en su obra, pero no es menos cierto que le ha dado forma circular por su parte superior y que hasta la persona más abstrusa sabe que ese triángulo que él ha reproducido, al aparecer rematado en forma circular, demuestra ser una porción de un círculo. No está el círculo completo, es cierto, pero éste está sobrentendido y, por decirlo llanamente, cae por su propio peso. Cualquiera entiende, pues, que ese triángulo hallado en Puente Biesgo es una parte de un círculo, similar por cierto a aquellas con las que hoy suele representarse los porcentajes de votos obtenidos por cada formación política en las convocatorias electorales. Y cualquiera comprende, así mismo, que el hecho de que se haya otorgado tal protagonismo a la letra A, grabada en el centro mismo del triángulo, sólo puede deberse al deseo de conferirle a la primera de las letras del alfabeto, el mayor relieve posible. La misma intención que, como hemos visto, alentase en el escultor que nos legó esa prodigiosa imagen del Creador del Mundo perdida en un monte de Galicia y en la que la A ha sido destacada de tal modo que acapara todo el protagonismo de la pieza. Protagonismo que volvemos a descubrir en esa A extraordinaria, pintada varios miles de años más tarde en uno de los Beatos medievales y que permanece absolutamente fiel al espíritu que ya se pone obviamente de manifiesto en el triángulo púbico de la Cueva del Castillo. Es verdaderamente asombroso.

Fig. 12

Más asombroso, sin embargo, que cuanto antecede, es el hecho de que sin alejarnos del propio ámbito cantábrico en el que nos encontramos y en otra cueva tan señalada como la de El Pindal, en la linde entre Asturias y Cantabria, aparezca reproducido un soberbio bisonte en cuyo centro figura pintada una A ((fig. 12). Una A cuyo trazo central aparece incompleto, bien es cierto, pero que no por ello deja de ser lo que es. Porque ya en el alfabeto ibérico descubrimos una A idéntica a la que preside la figura del bisonte de El Pindal, habiendo sido identificada con el sonido GA = KA por Grotefend y Zóbel en los años 1844 y 1878 respectivamente. De donde se deduce que al bisonte en cuestión, su autor le denomina GA o KA en la época en que pergeñó su obra hace la friolera de 20 a 25 mil años… Con la particularidad de que, como hemos visto, Okan = Kan es uno de los remotos nombres cantábricos del Sol, identificado con el Ocaso y con la región, Kantabria, a la que hasta hace literalmente cuatro días se ha identificado con el final de la Tierra. Y digo lo de que hace cuatro días porque, para nuestro asombro, todavía Tertuliano denomina Últimos Confines a los litorales de Asturias y de Cantabria

Bisonte de las Monedas (según Ripoll)

Con todo lo cual estoy desvelando, por vez primera, uno de mis grandes secretos. Los bisontes que aparecen grabados o pintados en la cuevas cantábricas no son potenciales piezas de caza que el hombre del Paleolítico dibujaba para poder realizar su montería de manera más propicia. En absoluto. Éste es uno de los infinitos disparates que se han acuñado en el afán por tratar de dotar de un significado a la bóveda polícroma de Altamira, sin tener ni la más remota idea respecto a la manera de pensar y de sentir de aquellos que ejecutaron esa portentosa obra. Los bisontes son representaciones del Sol y constituyen el precedente de los toros a los que posteriormente se rendiría el mismo culto del que habían disfrutado sus antecesores del Paleolítico. Bisonte, pues, es sinónimo de Sol y de ahí el que el sitio elegido para realizar su obra cumbre por el genio que pintó los bisontes de Altamira, fuera precisamente la bóveda de la cueva.

Tengo que recordar que los antiguos Egipcios estaban persuadidos de que sus almas, tras producirse el tránsito de la muerte, volaban o nadaban hacia el País del Ocaso metamorfoseadas en ocas. Y que ese viaje de retorno que realizaban al solar occidental de sus antepasados, lo emprendían con el fin de morar en compañía de su dios supremo Kan = Gan = Jan = Jem, denominado por ello El Señor de Occidente. Y estamos hablando, obviamente, de aquel al que la toponimia de Cantabria recuerda todavía en enclaves como Gama, Cuenca Jen o todos los Picos Jano a los que, prodigiosamente, caracteriza el hecho de tener un diseño cónico = triangular absolutamente perfecto. No cabe duda, pues, de que seguimos hablando del triángulo. No cabe duda, pues, de que seguimos hablando de la divinidad. Porque la A del bisonte de El Pindal es, obviamente, un triángulo, y si nos tomamos la molestia de rastrear la huella que ha dejado esta forma geométrica en el alfabeto ibérico, descubriremos atónitos que son varias las letras en las que

Fig. 14

interviene y que el sonido GO = KO, gemelo del GA = KA al que acabo de referirme, se representa con dos triángulos contrapuestos idénticos a los que diseñan la figura de la X. Así lo descubrió López Bustamante allá por el año 1780. Ga = Ka / Go = Ko no es, pues, sino una de las remotas denominaciones del Sol…, de Dios. Por eso están llenos los paneles con pintura rupestre de las cuevas de la Península Ibérica, de triángulos contrapuestos como los que dieron origen a la letra X en nuestro alfabeto (recuérdese, símbolo de Xristo), a la sílaba go = ko en el alfabeto ibérico y, en fin, a todos esos idolillos neolíticos y eneolíticos que, como digo, tanto se prodigan por la geografía española y entre los que, a título de muestra, he elegido unos para ilustrar estas páginas (fig. 14). Se trata de los ídolos de Zarza-Alange, en la provincia de Badajoz, obviamente identificados con la divinidad… y con la mujer.

Una A idéntica a la que preside la figura del bisonte de la Cueva del Pindal (y a la que infantilmente se ha identificado con una flecha), es la que expresa el sonido ga = ka en el alfabeto ibérico. Y acabo de afirmar que al pintar esa letra en el centro mismo del bisonte, lo que su autor se limitó a hacer fue escribir la palabra que designaba a ese mismo animal. Exactamente el mismo comportamiento por el que todavía nos regimos cuando acompañamos fotos, dibujos e ilustraciones con un texto con el que desvelamos, aclaramos o refrendamos lo que esas imágenes representan. Bien, pues para desbordar nuestro asombro y probar abrumadoramente que la escritura nació en la antigua Kantabria, hermanada siempre con Asturias, resulta que un derivado de ka, kokor, es una de las denominaciones baskas del bisonte. Lo que demuestra que cuando se pintó el bisonte en cuestión hace veinte o veinticinco mil años, no sólo se conocía ya a este animal con ese nombre, sino que existía la palabra monosilábica que lo designaba. Esa palabra era GA = KA y, por ende y con toda coherencia, fue pintada por su autor en el lugar más destacado de toda su composición. Y ocioso es decir, a partir de ese viejísimo nombre euskérico de los bisontes o ko-kor, de dónde procede el término castellano coco, referido justamente a un ser más o menos temible o, incluso, terrorífico. Y he aquí uno de los millones de pruebas que podría aportar respecto a la filiación euskérica de la lengua castellana y respecto a la enorme antigüedad de esta última lengua, varias veces milenaria, a la que los políticos y filólogos riojanos ningunean hasta el extremo de pretender hacerla nacer hace mil años y… ¡además!, en su territorio. ¡Patética ignorancia, patético provincianismo español!

Como acabo de escribir y es perfectamente conocido, toros y vacas fueron los sucesores de los bisontes una vez que estos animales se vieron exterminados en su viejísimo feudo cantábrico. A partir de ese momento, quienes antes habían adorado a este animal, siguieron rindiendo ese mismo culto a sus herederos bovinos. ¿Heredaron éstos algo más, amén de esa decantada veneración que se halla en el origen de la Fiesta Taurina, de los Encierros Taurinos y de los Toros de Fuego que tanto se prodigan, desde que se inicia la primavera, por los pueblos de la geografía septentrional de la Península Ibérica? Naturalmente que sí.

¿Es casualidad que el nombre prehistórico de los bisontes en el Norte de España, ga / ka = go/ ko, resulte ser el prefijo de las palabras koso y korrida? ¿Es casualidad que sea go el nombre sánskrito de la vaca? ¿Es casualidad que las lenguas danesa y sueca utilicen la misma palabra –ko– para designar a las vacas, que aquélla que en la Prehistoria se utilizara para denominar a los bisontes? Karve es, también, el nombre lituano de la vaca… Y kalbo = calbo el de las terneras en varias lenguas europeas. Léase, en varias lenguas indoeuropeas. Y aquí vemos hasta qué punto resultan disparatadas las tesis sobre el origen asiático de las mal denominadas lenguas indoeuropeas, a las que desde hoy deberemos denominar euroindias. Porque mientras el común de los filólogos se empecinan en convencernos de que tales lenguas nacieron en la India o en el Oriente Cercano hace 8 ó 10 mil años, vinculadas al nacimiento de la agricultura y de la revolución neolítica, vemos que hace 20 ó 25 mil años ya existían -pintadas o grabadas en el Norte de España- las mismas palabras que todavía podemos reconocer en las lenguas de Europa… y de otros continentes.

¿Cómo iban a nacer las lenguas indoeuropeas en la India, cuando son hijas de la lengua cantábrica o baska que se habla y ha hablado siempre en el Norte de España?

Pero si fascinante es cuanto ha sucedido con el nombre de los bisontes, heredado por vacas y toros, no lo es menos el hecho de que todos ellos fueran herederos, a su vez, de las aves acuáticas a las que, como he desvelado anteriormente, se identificó con la Diosa Solar muchos miles de años antes de que el patriarcado diese la vuelta a la tortilla y trasladase ese culto a animales más poderosos y, por supuesto, masculinos. De donde resulta que antes de que se denominase ga = ka = go = ko a bisontes, toros y vacas, ya se había conocido a ocas y gansos con todos estos nombres: gas (sueco), gos (antiguo inglés ), gus (ruso), gan (japonés), gans (alemán), ganso (castellano)

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