Especie. ¿Cómo se distingue?

Nos cuentan que del mar surgió la vida. ¿Sigue creando vida el mar?, o sea, ¿siguen apareciendo nuevas especies? En su caso, ¿Nos estamos cargando dicha capacidad?

ESPECIE. Cómo se define.

Con el término especie se identifica a un grupo de organismos cuyos miembros pueden emparejarse y dar a luz a una descendencia viable y fértil.

La especie se define en términos genéticos, pero en los estudios paleontológicos, como el del origen del hombre, sólo se puede contar con los restos fósiles ya que no existen poblaciones vivas. En los fósiles la especie (arqueológica) se reconoce por la morfología, teniendo en cuenta que los miembros de una misma especie comparten sus rasgos anatómicos. El problema que surge en el estudio de los fósiles es cómo establecer el límite que separa dos especies o cómo evaluar la variabilidad de formas que se da dentro de una misma especie, ya sea por diferencia de sexo o por otros factores.

Sandín: ‘Hoy día se sabe que la inmensa mayoría de las características (morfológicas, fisiológicas, moleculares…) no se transmiten según las “leyes” de Mendel, que han quedado reducidas a aspectos o circunstancias ocasionales y, en la mayoría de los casos, superficiales. La información contenida en una secuencia genética depende de multitud de factores, entre otros, del organismo en que se exprese, de su localización en el genoma, de la regulación de otros genes y del control de cientos de proteínas muy específicas cuyo estudio (la proteómica) está mostrando una tal complejidad en sus interacciones (Gavin et al., 2002) que su desciframiento constituye “un duro desafío” para los investigadores (Abbott, 2002). Pero hay algo más: también depende del ambiente celular que a su vez, está condicionado por el ambiente externo y que puede inducir a que una misma secuencia pueda “codificar” decenas de proteínas diferentes (Herbert y Rich, 1999). Y estas variaciones no son “al azar”, porque no son proteínas cualesquiera, sino las adecuadas a cada situación.’

En cuanto a la traducción de estas características de los genomas a su expresión fenotípica (*) durante la evolución, es decir, a los cambios de organización que necesariamente, se han de producir mediante modificaciones en el desarrollo embrionario, las investigaciones sobre genética del desarrollo están aportando un creciente número de información y de experimentos sobre el control y las consecuencias finales de un proceso tan extremadamente jerarquizado e interconectado como es la embriogénesis.

El desarrollo embrionario se ha mostrado como un proceso de una compleja organización y coordinación en la que juegan un papel fundamental unas secuencias genéticas repetidas en tandem conocidas como genes homeóticos (HOX). Estas secuencias codifican unas proteínas que regulan la actividad de otros genes implicados en la morfogénesis de forma que los cambios en su actividad (inactivaciones, duplicaciones, transposiciones), se traduce en cambios en el desarrollo embrionario que afectan simultáneamente a conjuntos de tejidos y órganos. Es decir no son mutaciones, porque las mutaciones son desorganizaciones de procesos muy finamente ajustados. (De hecho, las mutaciones en genes del desarrollo conducen a malformaciones con muy discutible sentido evolutivo). Estos cambios se producen en la forma que se conoce como “en cascada”, de modo que una modificación en etapas incipientes del desarrollo habría tenido como consecuencia grandes diferencias en el tipo de organización general, mientras que en procesos posteriores las diferencias finales se harían progresivamente más reducidas a medida que avanzase el desarrollo embrionario, de modo que las producidas en las etapas finales serían irrelevantes desde el punto de vista de la organización morfológica.

Para entendernos, nada mejor que un ejemplo: Los humanos y los chimpancés son 98.7% similares genéticamente (aunque en un estudio del 2003 han demostrado que es aun mayor –99.4% de similitud genética-; los ratones un 99% estimado, habrá que incluirlos en el género homo), ¿por qué somos tan distintos?. Hay una diferencia importante en los patrones de expresión de genes entre los humanos y chimpancés –especialmente en el cerebro- y esas diferencias en expresión son responsables de las diferencias fenotípicas entre humanos y chimpancés. Los genes están alineados en forma jerárquica, con algunos productos de los genes controlando la expresión de muchos otros genes. Así una pequeña diferencia entre grupos (especies, subespecies, etc) en uno o varios genes puede resultar en grandes diferencias en la expresión de otros genes, incluso si esos genes son estructuralmente idénticos entre los grupos. De hecho, otro estudio ha mostrado que alteraciones pequeñas en un gen llamado FOXP2 (**) son probablemente la razón principal por la cual los humanos son capaces de hablar mientras que los grandes monos no pueden hacerlo. Pequeños cambios tienen enormes consecuencias.

O sea:

1.     Las importantes diferencias fenotípicas entre organismos no son proporcionales a la cantidad de diferencias genéticas existentes. Diferencias genéticas muy pequeñas pueden ser amplificadas por grandes diferencias en expresión de genes, resultando en que las diferencias fenotípicas pueden ser enormes.

2.     Lo que es importante son las diferencias fisiológicamente relevantes en los genes y en la expresión de los genes, no solo la cantidad numérica de diferencias genéticas, muchas de las cuales podrían ser “neutrales” en sus efectos.


(*) Fenotipo: Conjunto de caracteres, estructurales y funcionales, observables en un organismo y producto de la interacción entre el potencial genético del ser vivo (genotipo) y el ambiente en que vive, es decir, constituye la realización visible del genotipo en un determinado ambiente.

(**) El gen FOXP2 es idéntico en los humanos, chimpancés y otros mamíferos, pero en los humanos se expresa de forma diferente.

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