El cuento de Eva Negra

Índice:

1. Los africanistas lo tienen negro

2. El “hombre de Mungo” australiano procedía del Norte de España

3. La “cuna africana” se va al carajo

1. Los africanistas lo tienen negro

La “enésima” estupidez de los “antropólogos”: los tres individuos hallados en Etiopía (150.000 años) catalogados como “primeros hombres modernos”

Jorge Mª Ribero-Meneses

Con una irresponsabilidad y, lo que es mucho más grave, con una cortedad que produce pasmo, aquellos que pomposamente se autodenominan antropólogos (“estudiosos del hombre”) acaban de lanzar a los cuatro vientos la especie del descubrimiento en Etiopía de los cráneos de dos individuos y un niño de características plenamente modernas que constituye para ellos la enésima y definitiva confirmación de nuestro origen africano.

Bien, vayamos por partes. Para empezar, no dejaré de manifestar mi perplejidad por el hecho de que restos humanos tan extraordinariamente antiguos hayan sido encontrados como aquel que dice en la superficie (*) . Exactamente igual que la inmensa mayoría de los fósiles de homínidos descubiertos en África, a algunos de los cuales se otorgan edades de vértigo que se cifran en millones de años. Conozco perfectamente la explicación que los antropólogos otorgan a este hecho y ocioso es decir que no le concedo la menor verosimilitud. Porque si ya resulta inverosímil la especie de que esos restos se han desenterrado por sí solos a lo largo del tiempo, no menos irracional resulta el hecho de no partir del supuesto de que la larga permanencia de esos fósiles a nivel superficial, debe desvirtuar totalmente la por otra parte siempre dudosa fiabilidad de todos los métodos de datación hoy conocidos y utilizados y cuyo denominador común es el de ser meramente especulativos. Buena prueba de ello los errores colosales a los que hemos asistido hasta ahora, con restos como los del hombre de Java que, en el lapso de unos años, pasaron de tener 300.000 años a frisar escasamente los 25.000…  Lo que quiere decir que a saber cuál será la verdadera edad de estos etíopes ahora descubiertos y que el tiempo dirá si no tienen 30.000 años en lugar de esos ¡154.000! que con la osadía y la cortedad que les caracteriza han establecido los antropólogos anglosajones autores de tan trascendental hallazgo.

Si todas las pruebas que tienen los “antropólogos” de nuestro origen “africano” son del calibre de este nuevo y “revolucionario” hallazgo, podemos dormir tranquilos quienes no sólo estamos en desacuerdo con esa tesis sino que la consideramos una de las más colosales muestras de necedad ofrecida en la Historia por nuestra especie. Por nuestra inteligente especie… Porque la característica común de la inmensa mayoría de los antropólogos es la de que su obsesión por el hallazgo de huesos llega a tal extremo que, a la vista de ellos, pierden el poquísimo sentido común del que la naturaleza les ha dotado, desbarrando a lo grande con interpretaciones en las que la inteligencia acostumbra a brillar literalmente por su ausencia. Aplicando, por ello, este principio general al hallazgo que ahora nos ocupa, vamos a ver cómo lo que hoy se tiene por prueba definitiva de nuestra filiación africana, se convierte justamente en la prueba rotunda de que el “homo sapiens” no procede de África. Veamos:

En la reconstrucción que un tal J. Matternes ha hecho del homo sapiens idaltu descubierto en Etiopía, podemos ver a un individuo cuyo parecido con numerosos pueblos africanos y australianos modernos, es absoluto. Y si algo caracteriza a ciertos pueblos africanos y a todos los aborígenes australianos, es el hecho de poseer unos rasgos neanderthales químicamente puros. Sobremanera en la boca y en la nariz. A pesar de lo cual, se afirma alegremente que este hallazgo supone la prueba definitiva de que no tenemos parentesco alguno con el hombre de neanderthal. Otra estupidez más, porque, amén de los casos antedichos, yo podría mostrarles a todos los antropólogos a un actor de cine norteamericano que es un neanderthal puro y conspicuo. Y no hace muchos días que en el Metro de Madrid pude asombrarme ante una mujer joven y de cuerpo atractivo, cuyos rasgos faciales eran claramente neanderthaloides. O sea que quienes niegan la hibridación entre sapiens y neanderthales, o están ciegos o son tontos. No cabe otra posibilidad.

Pero vayamos a lo que ahora más nos interesa: dicen que han descubierto a nuestro más remoto antepasado y que su edad frisa los 160.000 años. Bien. Pero estos señores que así juegan con la ignorancia de la sociedad sobre estas materias, no han caído en la cuenta de que en el supuesto de que esos individuos que han encontrado tuvieran efectivamente la edad que les atribuyen, ello sería la prueba rotunda, definitiva y demoledora de que la población africana de raza negra pertenece a un tronco genético distinto al del resto de los seres humanos del planeta. Y esto no es “racismo” como algún imbécil se apresurará a decir, sino la constatación de un hecho cuya claridad es tal que llega incluso a resultar deslumbrante.

¿Se han hecho la siguiente reflexión los descubridores del supuesto “homo sapiens idaltus”? : ¿cómo se explica que si esos señores ahora descubiertos son nuestros ancestros comunes, su parecido con los negros africanos y con sus primos australianos sea total y absoluto, en tanto que es nula su afinidad con los habitantes de los demás continentes de la Tierra, ya se trate de Europeos, de Asiáticos o de Africanos?. A ver, que vengan esas “lumbreras” anglosajonas que en tal grado están llegando a idiotizar a la Humanidad con sus desnortadas tesis “antropológicas” y que me expliquen cómo es posible que en nada menos que 160.000 años los habitantes de África no hayan evolucionado un ápice, en tanto que los que poblamos el resto de los continentes no nos parecemos un pimiento a esos señores ahora descubiertos en Etiopía. A ver, que vengan y me lo expliquen. ¿Qué fenómeno extraño ha determinado que los africanos sigan siendo como lo eran hace 160.000 años, en tanto que nosotros tenemos unos rasgos faciales tan diferentes de los africanos modernos como lo eran de sus antepasados de hace esa friolera de años?

¡Señores míos, están ustedes ciegos o bien son completamente idiotas! Porque lo que han descubierto supone la enésima confirmación de la tesis que vengo manteniendo en solitario desde hace muchos años y que el día en que la Antropología deje de ser el feudo de los individuos menos dotados intelectualmente, acabará confirmándose como cierta: el único y genuino “homo sapiens” es aquel que se gesta a orillas del Cantábrico y que permaneció en este contexto geográfico y en el del resto del Norte de España y del Sur de Francia, hasta que hace 40 ó 50 mil años se lanzó a la colonización de la Tierra. Y fue en ese momento cuando se topó con numerosas familias de homínidos de racionalidad muy inferior y a las que, invariablemente, acabó dominando y abocando a la esclavitud. Lo que quiere decir que utilizó la fuerza de los machos en su beneficio -para materializar todas sus ambiciosas empresas de conquista- y que convirtió en barraganas a las hembras, supliendo de este modo la escasez de mujeres que se embarcaban en tales campañas de exploración y colonización.

Fue de este modo como los “sapiens” del Occidente de Europa se fueron mezclando con los aborígenes del Este de Europa y del continente asiático, así como más tarde con los africanos y los australianos. Lo que, entre otras cosas, produjo una impresionante regresión cultural en el conjunto de la especie eurooccidental a la que conocemos como “sapiens”, en la misma medida que supuso un extraordinario enriquecimiento para el resto de las especies humanas, infinitamente más rudas y asilvestradas, que poblaban nuestro planeta. Y por eso son tan patentes, incontestables e insalvables las diferencias que existen, sobre todo, entre los cráneos de los Occidentales, de los Orientales y de los Africanos. Y la prueba de que esas diferencias, como vengo sosteniendo desde hace dos décadas, arranca de hace millones de años, nos la proporcionan esos individuos hallados en Etiopía y que a pesar de ser 160.000 años más viejos que los Africanos modernos…, son básicamente idénticos a ellos. Lo que quiere decir que si los cráneos no han evolucionado en todos esos años, esa misma invariabilidad se detectaría si pudiéramos conocer a quienes habitaron en África hace un millón de años. En el supuesto, naturalmente, de que esos Etíopes no procedieran de un continente distinto al africano. Que eso es algo, por supuesto, que los “antropólogos” ignoran, pero que dan por supuesto. Algo muy propio de la “subciencia” que practican. Todo lo que desconocen, que es casi todo, se lo imaginan. Así hace “ciencia” hasta un simio.

¡Cuánto tiempo tardará nuestra generación en aceptar que la diferencia de origen entre los seres humanos es un hecho incontrovertible y que la solución no está en dar la espalda a la realidad y en negar la evidencia, sino en aceptarla y en actuar de forma que nadie incurra en la mentecatez de considerarse superior a nadie!. Lo que hacen los modernos “antropólogos” viene a ser lo mismo que si un moralista estúpido, para no herir la susceptibilidad de nadie, se empeñase en demostrarnos a todos los seres humanos que todos poseemos un mismo nivel intelectual y una misma calidad, belleza y aptitudes. Pues bien, tan falso como sería este supuesto, lo es el de querer ignorar que han existido familias humanas más y menos inteligentes y que la Humanidad actual es el fruto de la mezcla e hibridación de todas ellas. Entiendo bien que hubiera sido mucho más “bello” que las cosas hubieran sucedido de otra manera, pero no creo que ayude en nada a nuestra especie ese engaño al que se la está conduciendo al asentar en nuestros cerebros la estúpida especie de que la Humanidad tuvo su origen en los simios. Y ello sin poseer prueba alguna de ello y sin que a nadie se le haya ocurrido preguntarse si no serán los primates los que, por degeneración sucesiva, proceden de los seres humanos. Porque es mucho más sencillo que de una especie inteligente, por aislamiento y degradación, resulte una especie absolutamente bruta, que no la aberrante posibilidad de que de una especie profundamente necia y animal como aquella a la que pertenecen los simios, se derive -nadie sabe cómo, aunque muchos le atribuyen a un tal “Dios” esa proeza- una especie capaz de viajar por el espacio y de crear obras maestras que se diría concebidas por “dioses”.

¿Dónde se esconde la inteligencia que se supone caracteriza a nuestra especie?

2. El “hombre de Mungo” australiano procedía del Norte de España.

Comenzaré haciendo un poco de historia. Del hombre de Mungo escribí en esta página a mediados del mes de Junio del año 2002, hablando sobre la revolucionaria ancianidad que se le atribuía –60.000 años nada menos- y sobre el hecho de que no se hubieran descubierto en él ni rastro de genes africanos. Lo que, considerando que se trata del más antiguo sapiens descubierto en el mundo hasta el presente, echa totalmente por tierra el supuesto de nuestro origen africano. Bien, el caso es que esa datación inicial ha sido sensiblemente rebajada y que ahora se habla de 40.000 años, lo que resulta harto más plausible. Pero antes de seguir adelante, he aquí algo de lo que escribí hace un año: El hombre de Mungo, hallado a orillas de un lago, es un individuo de características relativamente modernas que no presenta vínculo alguno de parentesco con las poblaciones africanas que, dada su edad y si las tesis en vigor fueran correctas, deberían haber sido predecesoras suyas. Dicho de otro modo, en una región tan marginada como Australia va a aparecer el esqueleto completo de un individuo que demuestra palmariamente que la Humanidad racional no procede de África, sino de otro lugar que, siguiendo una vía de investigación científica inédita hasta la fecha, localicé hace ya cerca de veinte años en el Norte de España.

Los datos que conocemos sobre el hombre de Mungo no dejan lugar a dudas respecto a su condición de genuino homo sapiens. No en balde, todos los especialistas coinciden en reconocerle como el individuo más avanzado de su era. O, lo que viene a ser lo mismo, como nuestro antepasado directo más antiguo. Pero el enigma más apasionante que plantea el descubrimiento de este antiguo australiano, es el de su origen. Porque si su código genético no tiene nada de africano y habida cuenta que la hipótesis de una cuna australiana de nuestra especie resulta aberrante, por ser modernísimo el poblamiento de dicha isla, entonces debemos deducir que este remotísimo navegante (o sus antecesores próximos) había arribado por mar a las costas de Australia. Hasta aquí todos estamos de acuerdo, pero la disparidad de criterios se origina a la hora de señalar cuál pudo ser la cuna de este personaje. Porque descartada África, sólo queda la hipótesis de Euro Asia y aunque, por proximidad geográfica, todos los especialistas se decantan por la posibilidad de la India, esto no aclara en absoluto la cuestión, al ser claro y manifiesto que la primera población de sapiens de este enorme país y de su entorno…, tampoco era autóctona. Y ahí están sus lenguas, de cuño inequívocamente europeo, en primera instancia, y cantábrico, en última, para confirmarlo.

Admitido, pues, que el hombre de Mungo procediera de la India, seguiría planteándose el mismo interrogante: ¿de dónde procedían él y aquellos posibles congéneres suyos establecidos en ese país? La Filología ya contesta, taxativamente, a esta pregunta: los primeros pobladores del sur del continente asiático procedían del Norte de España. Porque, si no fuera así, se encontraría en Asia algún vestigio de la primera lengua hablada por esos pueblos que, en buena lógica, no debería tener vínculo ni semejanza alguna con la lengua cantábrica. Al no existir esa hipotética lengua, ello indica que quienes llevaron a ese rincón del planeta una lengua de nuestra parentela, fueron sus primeros pobladores y no una segunda oleada de gentes llegadas allí en época posterior.

Bien, hasta aquí ha hablado el sentido común y el razonamiento deductivo inspirado en la más pura lógica. A partir de aquí, hablará el profundo conocimiento al que he llegado en relación con la idiosincrasia de los antiguos habitantes del Norte de España, progenitores indiscutibles del hombre racional o sapiens. Pero del genuino, no de esos sucedáneos que nos vienen buscando en Etiopía, Marruecos, Sudáfrica o Israel y a los que se atribuyen entre 90 y 120 mil años, sin evidencia alguna de que se tratase de homo sapiens. Porque sus cráneos están a medio camino de serlo y porque no se ha hallado ningún indicio de que lo fueran. Lo que resulta muy significativo. Porque es difícil descubrir a un sapiens auténtico que no presente en sí mismo o en su entorno claras evidencias de serlo. Como sucede en el caso del hombre de Mungo. Verán ustedes. El australiano Jim Bowler, descubridor de este hombre fósil, sostiene con razón que no se ha descubierto en el mundo ningún sapiens arcaico tan avanzado en su comportamiento como el de Mungo. ¿En qué se basa para hacer esta afirmación? En lo que sigue: La sociedad en la que este individuo vivió había llegado a una sofisticación cultural tal que le permitía untar los cuerpos con ocre antes o durante la celebración de su entierro. Y hay que tener en cuenta que el ocre no estaba presente en 150 kms. a la redonda del lago junto al que fue enterrado. Lamento tener que contradecir a Bowler en eso de que aquella sociedad australiana estaba tan avanzada que hasta teñía de ocre los cuerpos de los difuntos. Porque la razón de este ritual no es una prueba del desarrollo de aquella sociedad, sino de que se trataba de pueblos originarios del litoral septentrional de la Península Hibérica. Pueblos que por reconocerse a sí mismos como hijos de Dios -léase como hijos del Sol-, elevaron los colores y tintes purpúreos propios del Astro Rey al más elevado rango de su simbología, siendo herencia moderna de ello el hecho de que los monarcas de antaño se cubrieran de rojo y amarillo o el de que sean éstos los colores de la más antigua bandera documentada, el lábaro kántabro, y de sus herederas las banderas de España, del Reino de Aragón y Cataluña, de Castilla y León e incluso de la propia ikurriña baska, cuyos colores originales fueron modificados para distanciarla de la enseña española y de sus hermanas del Norte de España. ¿Por qué fueron pintados de ocre los bisontes de Altamira? ¿Por qué son ocres también las manos silueteadas que llenan los murales de las cuevas cantábricas y del Sur de Francia? ¿Por qué llevaba pintada ¡una cruz ocre! el cuerpo del famoso hombre de los Alpes que se ha pasado 4 ó 5 milenios debajo del hielo? ¿Por qué aparecen pintadas de rojo y amarillo las frentes de algunas de las momias de gentes originarias del Occidente de Europa que fueron descubiertas en la región de Xinjiang, en China, hace algunos años? ¿Por qué tiznaban sus caras de rojo y amarillo los indios americanos? ¿Por qué los primitivos Australianos embadurnaban de rojo a sus muertos? La respuesta es la misma en todos los casos: porque la utilización de esos colores constituía un timbre de nobleza al tiempo que un reconocimiento expreso de pertenecer al linaje de los “Pueblos del País del Ocaso” en donde no sólo se ponía el Sol sino que -pensaban nuestros antepasados cantábricos- se producía la muerte de dicho astro. De ahí la ecuación: Oca (ant. nombre del Sol) > ocaso  =  ocre  =  occidente  =  occiso (muerto) =  océano (antigua nombre del Océano Kántabro)… Porque el Sol (okan en una lengua cantábrica, la kaló) había muerto en las aguas del antiguo final de la tierra conocida, habiendo alumbrado antes a los primeros seres humanos, orgullosos siempre de esa ilustrísima ascendencia de la que no perdían ocasión ni pretexto para ufanarse y blasonar. Y de ahí esas enormes estelas circulares labradas por los antiguos Kántabros y que no tienen parangón ni precedente en todo el planeta. Tratándose de representaciones del Sol, ocioso es decir de qué colores estuvieron pintadas un día…

Y es que las gentes del Norte de España, vivían y morían pintados de rojo y amarillo, como prueba visible e indiscutible de ser ellos los únicos y genuinos hijos del Sol. Y este hecho, absolutamente incontrovertible por los argumentos que acabo de exponer, demuestra que allá donde se encuentre algún resto humano o antigua obra de arte pintados con las dos principales tonalidades solares, nos hallaremos ante un vestigio más de la antiquísima civilización que floreciera a orillas del Cantábrico y de la que son hijos todos los pueblos de la Tierra. Y aquí tiene la respuesta a todos sus interrogantes, mister Bowler. Si quiere saber más, le recomiendo hacer una visita a la renacida http://www.origenesdelahumanidad.com que inicia de nuevo su andadura… (edito: http://www.iberiacunadelahumanidad.net)

3. La “cuna africana” se va al carajo

En el momento en que los cerebros que han alumbrado el desatino de que la especie a la que pertenecemos, el homo sapiens, tuvo su cuna en África, comprendan que ni cincuenta, ni cien, ni doscientos mil años son suficientes para que la anatomía facial y el color de la piel de un negro centro o sudafricano se hayan transformado hasta el punto de producir la anatomía facial y el color de la piel de los Europeos, todo el castillo de naipes africano se vendrá estrepitosamente abajo, replegando velas todos los antropólogos que han defendido el disparate (el 99,999 %) y corriéndose un tupido velo sobre este deplorable episodio de la historia de la investigación científica. Charles Darwin fue quien en realidad (esta vez, sí) parió el despropósito y los demás se han limitado a seguir dócilmente las pautas señaladas por el maestro. Más o menos lo que suele suceder siempre: cualquiera de esos genios de pacotilla que ha entronizado la Humanidad, desbarra…, y quienes le siguen se refocilan durante siglos en ese error. Durante siglos o durante milenios, que los disparates de un señor al que hoy conocemos como San Pablo, han hundido a Europa en el error y en una cadena interminable de guerras y de conflictos, por espacio de dos mil años…

El señor José Luis Arsuaga es uno de los que primero se apeará del carro africanista. Porque no tiene talento alguno y porque es un especulador como la copa de un pino, que se limita a repetir como un loro lo que dicen los demás, sin aportar ni una sola idea original e inédita. Pero aunque nada inteligente, sí que es lo bastante avispado Arsuaga como para haber sabido olerse la que se les viene encima, apuntándose a mis tesis en las últimas líneas de su libro Los aborígenes. Porque sabedor de que todos los estudios genéticos apuntan hacia el Norte de España como matriz de la mayoría de los Europeos (en realidad, de todos, porque los habitantes del Cáucaso, la otra cuna, habían salido también del territorio de la antigua Kantabria, antes de la última glaciación…), tiene la desfachatez de desdecirse, de hecho, de todas sus tesis previas, defendidas en todas sus publicaciones, y de escribir lo que sigue que cualquiera diría había salido de mi pluma:  Lo único importante es saber que se pueden estudiar los linajes de mitocondrias para rastrear la historia de los pobladores actuales de Europa. El resultado de la investigación sobre el ADN mitocondrial es que las tres cuartas partes de los linajes mitocondriales son europeas y estaban ya presentes aquí en el Paleolítico. Tras la expansión máxima de los hielos, la posterior recolonización del continente se produjo desde los refugios habitados del sur de EuropaNo hemos reemplazado aquí a nadie y no nos hemos apoderado de su tierra. Los que pintaron en la cueva de Altamira y en los abrigos del Mediterráneo eran nuestros abuelos. Nosotros somos los aborígenes. Y esto después de admitir que el aporte genético del Cercano Oriente a Europa es ínfimo (ignorante aún de que ese aporte es igualmente cantábrico…) o de callarse, el muy ladino, que los estudios genéticos no hablan para nada del sur de Europa, sino de una región situada en el Norte de España que coincide, milimétricamente, con el territorio de la antigua Cantabria. Pero claro, como este buen señor sabe muy bien que todo esto supone una confirmación apabullante de mis viejas tesis, tan odiadas y despreciadas por él y por todo el equipo ataporcino, a falta de la nobleza y de la categoría humana necesarias para admitir que yo estaba en lo cierto y ellos en el guindo, se sale con esa bobada del sur de Europa con la que pretende asumir los nuevos descubrimientos…, aunque sin tener que reconocer que aquello de Cantabria, cuna de la Humanidad de mi bisoño libro escrito en 1984, ha sido una de las dianas más espectaculares de toda la historia de nuestra especie.

Al decir que nosotros somos los aborígenes y que somos nietos de quienes pintaron Altamira, Arsuaga está reconociendo que los pueblos del Norte de España somos autóctonos y que, por ende, no procedemos de parte alguna. Que ésta es la clave de la cuestión, jamás vislumbrada por nadie. Aunque sí haya que reconocer, en honor de la verdad, que ha habido algunos investigadores de nuestro pasado a los que el cuento africano les ha resultado tan poco convincente como a mí. Son muchos más, sin duda, pero como quiera que no tengo conocimiento de todos, bueno será que deje constancia aquí de los nombres de un puñado de investigadores que cuando el castillo de naipes africano se desmorone por completo, sí podrán afirmar, con todo derecho, que ellos ya lo habían intuido. Ellos sí, y no especuladores de vía estrecha como el señor Arsuaga, cuyo único trabajo consiste en devorarse todas las publicaciones científicas del mundo, en busca de datos con los que llenar su mente y los libros y artículos con los que después embauca a los pobres infelices que, cándidos ellos, le atribuyen a él todo ese caudal de sabiduría… ¡Inocentes! He aquí, pues, este mosaico de nombres y de reflexiones inteligentes y clarividentes: 1) Raúl Bartrolí (organizador del Curso Internacional de Arqueología celebrado en la localidad barcelonesa de Capellades, en 1995):  Las jornadas han sido un éxito, máxime cuando se ha confirmado que el Homo Sapiens se formó en Europa hace 40.000 años. 2) Allen Templeton (Univ. St. Louis):  No hay datos que avalen una invasión del “homo sapiens” desde África, con posterior expansión por el resto de los continentes. 3) Mark Sonkerin (Univ. Pennsylvania): No existen pruebas que demuestren de forma concluyente que el origen de nuestro primer antepasado común estuviera en África. 4) Tom PrideauxLa pregunta relativa a la procedencia del “homo sapiens sapiens” se halla todavía entre los más interesantes y fascinantes enigmas de toda la historia de los orígenes del hombre, enigma que los arqueólogos de todo el mundo están atareados tratando de resolver. 5) Svante Pääbo (Instituto de Antropología, Leipzig): Yo estoy interesado en lo que me hace humano. El modelo de actividad del gen humano es bastante similar al del chimpancé, sin embargo sus cerebros son diferentes. El chimpancé y los modelos de la transcripción humanos son dos polos opuestos. 6) John H. Moore (Univ. Florida):  Los antropólogos, los etnólogos, los arkeólogos y los lingüistas tienen plena conciencia de encontrarse en una situación comparable a la de Charles Darwin en el siglo XIX: la masa de datos acumulada en biología, prehistoria y lingüística sufre una cruel ausencia de teoría general. 7) Y el más lúcido de todos, George ConstableQueda, sin embargo, una cuestión fundamental: si la mayoría de los homínidos se transformaron evolutivamente en hombres modernos, ¿a qué fue debido ese cambio?; ¿qué fuerzas evolutivas podrían explicar la rápida remodelación del cráneo humano a partir de la forma que caracterizase a los homínidos desde los tiempos del “homo erectus”? Durante la época de apogeo de los “neanderthales”, los más antiguos hombres verdaderos vivían ya en algún lugar desconocido de la Tierra. Y ello, piensan algunos antropólogos, tal vez desde hace millones de años. Hasta que hace unos 100.000 años los verdaderos seres humanos saltaron a la escena evolutiva, bien sea matando a los hombres bestias, bien dejando que perecieran por su propia ineptitud. Pero si el hombre moderno existía desde hacía tantos años, ¿dónde estaba oculto? La respuesta la tiene Constable, desde 1984, en Cantabria, cuna de la Humanidad. Y en estas palabras del clarividente Rick Gore: Debido a su climatología, muchas de las respuestas a los grandes interrogantes sobre la especie humana, podrían desvelarse en los yacimientos españoles.


(*)Tan importante o más que una pieza concreta es localizarla debidamente en su contexto y que el valor histórico de los materiales recuperados en una excavación reside en que se recuperen de forma sistemática, en que luego se pueda reconstruir el yacimiento en el laboratorio.

Los fósiles fueron encontrados en 1997 cerca de la aldea de Herto, a unos 225 km al noroeste de Addis Abeba, la capital etíope.

¿El primer hombre moderno? El cráneo del niño, de seis o siete años, estaba roto en unos 200 fragmentos esparcidos por un área de 400 metros cuadrados merced al ganado, el viento y la lluvia.

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