Iberia Cuna de la Humanidad Racional

CANTABRIA CUNA DE LA HUMANIDAD. (Ediciones de Cámara, 1984).

Una montaña: Peña Sagra, ha servido de cuna a todos los pueblos del planeta. Las cumbres de esta portentosa Sierra de Cantabria fueron escenario un día de la progresiva configuración de la especie humana, así como de la formación de todos los grandes pueblos de la antigüedad: egipcios, asirio-babilonios, persas, griegos, judíos, romanos, libios, amazonas, atlantes, indios…

Asia, África y Europa no fueron en sus orígenes sino las tres grandes comarcas en que estuvo dividida Peña Sagra. Por lo mismo, Atenas, Roma, Troya, Susa, Tebas, Esparta, Jerusalén, Siracusa, Rodas, Cartago o Corinto no fueron otrora sino algunas de las aldeas que tomaron forma en los valles, laderas y cerros de este mismo macizo montañoso, ubicación al propio tiempo del Paraíso bíblico.

Por primera vez en la historia de la Humanidad, han logrado localizarse los cuatro ríos del Paraíso: los nombres de todos ellos –Pisón, Guijón, Tígris y Éufrates- siguen vigentes todavía hoy en la toponimia de Peña Sagra.

LOS ORIGENES IBÉRICOS DE LA HUMANIDAD. (Ediciones de Cámara, 1985).

“Es señal de ser verdad una cosa, cuando todo lo demás concuerda con ella”. (Aristóteles)

Los once capítulos que siguen, han sido escritos procurando restar aridez a una materia particularmente densa y compleja como es la que se ocupa del estudio de los orígenes del hombre y de la cultura, facilitando así la aproximación del lector al más apasionante y trascendental de los temas con los que las ciencias históricas se hayan enfrentado hasta la fecha, a saber el del alumbramiento de la especie humana y de la civilización junto a las costas del mar Cantábrico, como etapa previa a la diseminación por el orbe de todos los pueblos de Iberia –persas, asirios, egipcios, griegos, judíos, indios, fenicios, romanos, galos, sajones, germanos, eslavos, chinos o libios-. Forjadores todos ellos de lo que a lo largo de milenios llegaría a constituir el “uniberso ibérico”.

La España olvidada. -Troya, Olimpia, El Paraíso, la Atlántida… – (Ediciones de Cámara, 1988).

Las sorprendentes y polémicas tesis de Jorge Mª Rivero San José proponen a la Península Ibérica como cuna incuestionable de la civilización y matriz del hombre racional u “homo sapiens moderno”. Tales conclusiones, producto de una concienzuda y dilatada investigación, parecen encontrar un refrendo rotundo en los testimonios de centenares de autores, españoles y no españoles, de todas las épocas.

Prólogo: Hacia la creación de la “Ciencia del Hombre”

“Troya”, uno de los casi infinitos epítetos de la Luna –divinidad adorada universalmente por nuestros más remotos antepasados-, fue uno de los nombres más ilustres del mundo primigenio –o, si se prefiere, del Paraíso Terrenal-, escenario, a la sazón, de la primera “guerra” de tal nombre, supuestamente protagonizada por Urano y Saturno y de la que –creían nuestros antepasados- había de desprenderse el alumbramiento de la vida sobre nuestro planeta.

Absolutamente ignorante, sin embargo, del significado del nombre de “Troya” y de lo que tras este nombre se esconde, la arqueología tradicional ha creído localizar la genuina Troya en un minúsculo enclave de la costa mediterránea, desconociendo algo tan elemental como es que el mundo antiguo estuvo sembrado de “Troyas”… y que ninguna de ellas tuvo nada que ver con aquella mítica guerra fabulada por nuestros antepasados y cuajada, desde el principio al final, de alusiones de carácter simbólico como las que se ocultan tras los nombre de los troyanos “Paris” y “Príamo” epíteto del Sol este último y apócope de “Parais” o “Paraíso”, el primero.

A errores de esta magnitud le ha conducido a la arqueología, el hecho de pretender desentrañar la historia perdida, a partir exclusivamente del análisis de unos restos pétreos, huérfanos de toda evidencia que permita descifrar su verdadera identidad.

Esto por lo que se refiere a la arqueología, ciencia identificada hoy, casi exclusivamente, con la labor de desenterramiento de vestigios históricos perdidos.

Si dirigimos nuestra mirada hacia la antropología, responsable, en su caso, del esclarecimiento del origen y del devenir del ser humano, a partir igualmente del desenterramiento de restos óseos de nuestros ancestros –o supuestos ancestros-, el panorama que nos encontramos resulta bastante más desalentador, aun, que el que ofrece la arqueología, con una auténtica legión de especialistas en la materia, debatiéndose incansable e interminablemente sobre si el ser humano tiene 200.000, 2.000.000 o 5.000.000 de años de antigüedad, sobre si descendemos o no del chimpancé o, en fin, sobre si la cuna de nuestra especie se encuentra en África, como sostuviera Darwin, en Asia, como asevera la tradición… o en Europa, como postulan tradiciones mucho más remotas, al tiempo que las más modernas investigaciones. El origen europeo del hombre de Neandertal y del de Cro-Magnon resulta hoy incuestionable, como incuestionable es que ambos son los únicos antepasados conocidos, ciertos, del hombre racional o “moderno”.

Arqueólogos y antropólogos, léase desenterradores de industria o de esqueletos humanos, vienen otorgando un carácter monodisciplinar, a unas ciencias cuyo enunciado es el estudio del pasado del ser humano, en todos sus múltiples aspectos, empobreciendo así unos estudios y unas indagaciones que, para resultar verdaderamente efectivas, deberían contar con el concurso de especialistas de una amplísima gama de disciplinas y, particularmente, de aquellas que entienden en materia de lenguaje, de toponimia, de mitología, de religión, de costumbres y tradiciones, de folklore…

Una vez que la arqueología y la antropología tradicionales han demostrado su incapacidad manifiesta para ofrecer a la sociedad las respuestas que ésta viene reclamando en relación con el esclarecimiento de nuestro más remoto pasado, parece llegado el momento de concertar los esfuerzos de cuantos se afanan por reconstruir la historia perdida del ser humano, y muy particularmente, por identificar su más remota ascendencia.

¡Qué mayor paradoja que una especie que se permite explorar y viajar a otros planetas, sea incapaz de identificar el lugar de su propio planeta en el que tuvo su cuna!

Y no se pierda de vista que si algo puede contribuir a la paz y a la armonía entre todos los seres humanos, ese algo es, precisamente, el hecho de confirmar nuestra ascendencia común y poder reconocer el lugar desde el que, un día ya remoto, se inició la expansión del hombre racional por toda la superficie de la Tierra.

Es necesario y hasta urgente, pues, crear una nueva ciencia que integre a historiadores, etnólogos, arqueólogos, antropólogos, biólogos, filólogos y, en general, a cuantos poseen algún tipo de conocimiento relacionado con el hombre y su pasado. Y que nadie dude que del tratamiento concertado de este tipo de estudios, habrá de derivarse la “luz” que todos estamos esperando en relación con esta materia y que tan mortecinamente alumbra hoy, en un momento en que estas disciplinas “hacen la guerra por su cuenta”, cuando no –y eso es lo más grave- se dedican a hacerse la guerra entre ellas mismas.

¿Cómo debería denominarse esta nueva ciencia, responsable de la reconstrucción –y rehabilitación- de nuestro pasado?

Puede que no quepa denominación más adecuada que la de “Ciencia del Hombre”. Simplemente, no en vano, de ella va a depender el que los seres humanos, al cabo de millones de años de historia, lleguemos a descubrir, al fin, qué es el hombre, quién es el hombre y de dónde viene el hombre.

El “Campo de Ebrón” fue, según la tradición universal, el primer lugar poblado del planeta.

El nacimiento del río Ebro fue, según la tradición ibérica, el primer lugar poblado de España…

SEFARAD o la morada de los hijos de los dioses. (Ediciones de Cámara, 1989).

Un terremoto, un diluvio, un eclipse y, presumiblemente, un maremoto, confluyeron en la destrucción del mundo primigenio, en la devastación de la isla Atlántida, Sefarad o del Paraíso.

En la fotografía, miniatura del “Beato” de Facundo, realizado en el año 1047.

El terremoto, el eclipse, el diluvio, y el anegamiento subsiguiente del mundo primigenio, aparecen reproducidos en ésta y en otras ilustraciones del manuscrito de Facundo. No falta tampoco, la representación de las tres grandes montañas –“Asia”, “Libia” y “Europa”- que configuraban el mundo originario y cuyos nombres conocemos merced al testimonio del Teopompo de Chios (s. IV a.C.)

LA ATLÁNTIDA o el enigma histórico de España. (Ediciones de Cámara, 1989).

La hoz y la vid, dos símbolos cruciales relacionados con el más

remoto pasado del ser humano y absolutamente imprescindibles

para descifrar el “enigma histórico” de España.

Un enigma cuyo esclarecimiento pasaba también por la

identificación del lugar en el que se hallaba emplazada la mítica “isla

Atlántida”.

Falces y vides aparecen insistentemente reproducidas en la bella ilustración del Beato de Martino (año 1086), que se conserva en la catedral castellana del Burgo de Osma.

EL “ARKA” DE NOE y el origen del mito del Diluvio Universal. (Ediciones de Cámara 1990).

La leyenda del Diluvio Universal es la más vieja de todas las historias

imaginadas por el hombre de la más lejana prehistoria.

Una leyenda cuyo fascinante y desconocido origen aparece

desvelado, por vez primera,

en las páginas de este libro.

Una de las claves del enigma se encontraba,

precisamente, en la

palabra “arka”…

EXISTIÓ OTRA COMPOSTELA. El Santuario cántabro de Santiago de Cos, precedente prehistórico de Santiago de Compostela. (Ediciones de Cámara, 1996).

Nadie medianamente informado duda hoy de que el Camino de Santiago que hoy  conocemos, es una réplica relativamente moderna de una antiquísima ruta de peregrinación que desde todos los rincones del mundo antiguo conducía hasta el País de Occidente o Región del Ocaso.

Pero si es notorio y obvio que las gentes de todo el mundo han viajado a lo largo de toda la historia y la prehistoria hasta las tierras de Iberia, lo que ya no está tan es cuál haya sido el destino de tales andaduras. El destino o los destinos. Porque, y aquí radica la clave de todo este asunto, no ha habido una sino muchas metas para aquellos periplos que los hombres y mujeres de todo el mundo emprendían, no para conocer el lugar en el que moría el Sol, sino para reencontrarse con la que recordaban como remotísima patria de sus antepasados.

TARTESOS VERSUS EBRO. Europa nació en el Alto Ebro. (Ediciones de Cámara, 1998)

Si algún escritor de juicio, con buenos fundamentos, impugna alguna de estas patrañas, le dan en los ojos con una infinidad de autores, tratándole de temerario porque contradice a tantos. Y estos tantos, bien mirado, vienen a ser uno solo que inventó la fábula, porque los demás son unos meros copiantes, que no se cargaron de otra obligación que de trasladar (al papel) lo que hallaron escrito. (Padre Feijoo, Teatro Crítico, tomo IV).

Hace 8 o 9 mil años los Turdetanos andaluces, versión meridional de los primitivos Tartesios del norte de España, poseían ya una cultura extraordinariamente evolucionada. Esa cultura era heredera directa de aquella que durante miles de años floreciera en la cuenca alta del río Ebro y en la que, a su vez, se hunden las primeras raíces de todos los pueblos del mundo antiguo.

CRISTO ES ADAN, el dios de los Atlantes. (Ediciones de Cámara, 1998).

Desde siempre, millones de personas han intuido que Cristo era un mito, una leyenda. Faltaba una persona que lo demostrara. Y que lo demostrara, abrumadoramente.

Los orígenes Galoibéricos del Cristianismo, primera religión creada

en el occidente de Europa hace centenares de miles de años.

Existen en realidad dos Cristianismos distintos: el genuino y

prehistórico, cuya antigüedad es la misma que la del propio ser

humano y su reinvención por parte de Roma de hace dos milenios.

El Calendario y el Zodíaco, códigos secretos de la Prehistoria. (Ediciones de Cámara, 1999)

Siendo notorio que el primitivo Calendario Ibérico era una auténtica obra de arte, una verdadera obra de orfebrería histórica que ha sido modelada a lo largo de decenas de miles de años, y siendo no menos evidente que ese Calendario o Zodíaco ha desempeñado un papel de primer orden en el propio diseño de la civilización occidental (y por extensión, universal), ¿no debería constituir un empeño común de todos aquellos que nos tenemos por personas cultas el hecho de reivindicar la rehabilitación de esa verdadera joya, en tanto que inapreciable patrimonio cultural de la Humanidad que es, al tiempo que archivo inédito de multitud de datos preciosos sobre nuestros orígenes?

Sería insensato, injusto y nada inteligente permitir que el origen y el sentido del mismo del primitivo Calendario u Horóscopo llegasen a perderse para siempre, engullidos por el olvido en el que ya habían caído y del que las páginas de este libro tratan de rescatarle.

¿Es coherente, tiene algún sentido luchar por la salvación de nuestro patrimonio histórico-artístico cuando asistimos impasibles a la destrucción de uno de los más valiosos legados culturales de la Humanidad?.

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